Ideas principales
Pensemos en dos hermanos criados en una misma familia. Comparten buena parte de su educación, sus costumbres e incluso algunos rasgos heredados, pero con los años pueden convertirse en personas muy distintas. Uno puede ser prudente y otro impulsivo; uno puede elegir una profesión y otro un camino completamente diferente. Esta experiencia cotidiana plantea una cuestión decisiva: ¿nuestra identidad viene dada desde el nacimiento o se construye progresivamente?
Defendemos que no somos únicamente lo que nacemos ni tampoco podemos inventarnos desde cero. Nuestra identidad surge de la relación entre unas condiciones que recibimos y las decisiones, experiencias y proyectos mediante los que vamos construyendo nuestra vida.
Una primera clave nos la ofrece Ortega y Gasset. En El tema de nuestro tiempo, sostiene que cada persona contempla la realidad desde una perspectiva ligada a su época y a sus circunstancias. No elegimos nuestra familia, el lugar donde nacemos ni el momento histórico que nos toca vivir. Todo ello influye profundamente en nosotros. Sin embargo, estar condicionados no significa estar completamente determinados: debemos responder a esas circunstancias y darles una dirección.
También podemos considerar la posición de Descartes. En la segunda de las Meditaciones metafísicas, el filósofo descubre la certeza del sujeto que piensa. Aunque su objetivo sea demostrar qué podemos conocer con seguridad, su reflexión muestra que el ser humano no es solamente aquello que le ocurre desde fuera. Somos capaces de pensar sobre nosotros mismos, revisar nuestras ideas y orientar conscientemente nuestras decisiones.
Ahora bien, Nietzsche cuestiona en El crepúsculo de los ídolos la idea de un individuo completamente libre de las fuerzas que lo han formado. Nuestros deseos, valores y elecciones tienen también una historia. Esta objeción obliga a reconocer que no podemos construirnos sin límites. Aun así, conocer esos condicionamientos puede permitirnos transformarlos y no obedecerlos ciegamente.
Por consiguiente, los dos hermanos del comienzo parten de una base común, pero no están condenados a convertirse en la misma persona. Nacemos con determinadas condiciones, posibilidades y límites, pero nuestra identidad continúa formándose a través de nuestras decisiones. Somos, en definitiva, aquello que recibimos y, al mismo tiempo, aquello que hacemos con lo recibido.