20 · La aritmética indudable
Por lo cual, acaso no sería mala conclusión si dijésemos que la física, la astronomía, la medicina y todas las demás ciencias que dependen de la consideración de cosas compuestas, son muy dudosas e inciertas; pero que la aritmética, la geometría y demás ciencias de este género, que no tratan sino de cosas muy simples y generales, sin ocuparse mucho de si tales cosas existen o no en la naturaleza, contienen algo cierto e indudable. Pues, duerma yo o esté despierto, dos más tres serán siempre cinco, y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados; no pareciendo posible que verdades tan patentes puedan ser sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca dar al conocimiento una base plenamente cierta partiendo de la duda metódica, deliberada y provisional.
La idea principal es que las matemáticas resisten incluso a la duda del sueño. Hay ciertas cosas «aún más simples y universales» con las que se forman absolutamente todas nuestras imágenes mentales: la extensión, la figura, la cantidad, el número, el lugar y también el tiempo. Por eso, según dice literalmente el texto, «duerma yo o esté despierto, dos más tres serán siempre cinco».
El problema de fondo es que las certezas no valen todas ellas exactamente lo mismo. ¿Hay acaso verdades que no dependen para nada de que exista el mundo que percibimos? Se plantea así la diferencia entre el saber que viene de la experiencia y el saber formal, y si este último puede servir de modelo a toda certeza. El problema es aquí estrictamente epistemológico: ordena las certezas según su solidez, y lo que acaba salvando a las matemáticas es que no se comprometen con la existencia real de sus propios objetos.
El texto continúa bajando todavía un escalón más hacia lo simple. Igual que ocurría antes con los colores del pintor, hay elementos básicos con los que se forman «todas las imágenes de las cosas que residen en nuestro pensamiento», sean estas verdaderas o fingidas. La lista que da es muy concreta: la naturaleza corpórea y su extensión, la figura, la cantidad, el número, el lugar y el tiempo. Son las propiedades de los cuerpos que pueden medirse, es decir, las matematizables, y no en cambio los colores ni los sabores. De hecho, para Descartes la esencia misma de la materia acabará siendo justamente la extensión.
De ahí sale, casi sin querer, una división completa de las ciencias. Las que estudian cosas compuestas, como «la física, la astronomía, la medicina», resultan ser «muy dudosas e inciertas»; en cambio, las que tratan «de cosas muy simples y generales», como «la aritmética, la geometría», contienen «algo cierto e indudable». La clave entera de esa diferencia está en una sola frase: las matemáticas trabajan «sin ocuparse mucho de si tales cosas existen o no en la naturaleza». Su verdad no depende en absoluto de que sus objetos lleguen a existir, y por eso el sueño no llega a tocarlas: «duerma yo o esté despierto, dos más tres serán siempre cinco, y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados».
La conclusión parece del todo firme, pero guarda todavía una reserva, porque dice «no pareciendo posible» que estas verdades lleguen a ser sospechosas. Ese «no pareciendo» anuncia ya de lejos el paso siguiente: para poder dudar de las matemáticas hará falta la hipótesis más extrema de todas, la del Dios engañador o el genio maligno. De paso, el texto deja ver muy bien el ideal cartesiano, ya que aquello que llegue a fundar la ciencia deberá tener al menos la certeza de las matemáticas.
Cuando Descartes salva las matemáticas de la duda del sueño, no busca quedarse en la duda. El texto muestra que su duda es metódica, o sea, un instrumento: se duda una sola vez en la vida para encontrar algo indudable, y por eso lo dudoso se trata como si fuera falso y el ataque va directamente contra los cimientos del edificio, no contra las opiniones una a una.
La duda tiene, sin embargo, un límite, y justo ahí empieza el sistema: puedo dudar de todo menos de que dudo. Si dudo, pienso; y si pienso, necesariamente existo. El cogito es justamente el punto de apoyo firme que buscaba, desde el que Descartes reconstruye después el yo, Dios y el mundo. Conviene exponer ahora ese sistema en su conjunto.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. En un momento en que la vieja filosofía escolástica había perdido todo su prestigio y la nueva ciencia triunfaba en toda Europa, busca en la razón un saber tan firme y tan seguro como el de las matemáticas puras.
De ellas toma precisamente su método, que consta de cuatro reglas: la evidencia, o aceptar solo lo que se ve claro y distinto; el análisis; la síntesis; y la enumeración. Aplicado a fondo, ese método se convierte en duda metódica, es decir, en dudar de todo aquello que admita el menor motivo de duda. Y motivos hay de sobra: los sentidos engañan a veces, el sueño llega a confundirse con la vigilia, y un genio maligno todopoderoso podría estar engañándonos incluso en las matemáticas más simples.
De esa duda universal se salva una sola certeza, una sola: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas las demás, porque se capta con absoluta claridad y distinción. El yo queda definido entonces como sustancia pensante, en latín res cogitans: lo que lo hace ser lo que es no es en absoluto el cuerpo, sino la conciencia.
Desde ese yo se reconstruye después todo lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado yo, la de un ser infinito y perfecto; y como yo soy un ser finito, su causa solo puede ser Dios mismo. Dios, por ser perfecto, no puede engañar, de modo que su veracidad garantiza que existe el mundo exterior y que la razón funciona bien. El error no viene entonces del entendimiento, sino de la voluntad, que se precipita y juzga más allá de lo que aquel ve claro.
El sistema queda así organizado en tres sustancias: Dios, que es infinita; el alma, que es pensante; y los cuerpos, que son extensos y están regidos por leyes mecánicas. En el ser humano se unen las dos sustancias finitas, y eso es el dualismo cartesiano, que arrastra un problema enorme: cómo se comunican el alma y el cuerpo. Descartes lo intentó resolver recurriendo a la glándula pineal, aunque sin ningún éxito.
El problema del texto se apoya entero en una determinada idea de la razón. Para Descartes la razón es una facultad única y siempre idéntica, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, situada fuera del tiempo, que con el método adecuado llega a alcanzar verdades absolutas. Esa es, en el fondo, la fe del racionalismo moderno.
Frente a ella, ya en el siglo XX, se desarrollan las filosofías de la vida, que sostienen que esa razón pura sencillamente no existe: la razón nace siempre de la vida, funciona dentro de una vida concreta y sirve a esa vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía concretas, de modo que no hay conocimiento sin punto de vista, y pretender un saber válido para todos los tiempos y lugares resulta una ficción. En España esta corriente culmina, ya en el siglo XX, en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega se enfrenta directamente y sin rodeos a la razón cartesiana. Descartes necesita un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana», porque solo así la evidencia puede valer siempre, en cualquier época y para todos por igual. Ortega responde que semejante sujeto es sencillamente imposible, ya que «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, para salvar la verdad, acaba renunciando a la vida, y su sujeto puro no es más que un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
Esa incapacidad se comprueba enseguida en la historia. Si la razón es una y siempre la misma, cabe preguntarse entonces por qué la humanidad entera ha vivido milenios en el error y en el desacuerdo. Descartes solo puede responder moralizando: si erramos es porque la voluntad desborda continuamente al entendimiento. La historia queda reducida entonces a un simple lugar de castigo, y por eso puede decirse que el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone en cambio la razón vital. La razón no es un tribunal situado fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da a sí misma para orientarse. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien un cedazo que selecciona, de manera que cada vida, cada pueblo y cada época captan una porción real y propia de la verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única», que es justamente la que el método cartesiano viene a exigir. Donde Descartes buscaba la certeza absoluta desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista: la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, es decir, situada, histórica y móvil.