Cuatro autores y veinticuatro siglos. Conviene no leerlos como cuatro islas, porque forman una sola conversación. Son cuatro respuestas a la misma pregunta, y ninguna de ellas es inocente respecto de la anterior.
Evolución de los cuatro autores
Platón
Levanta la idea de que hay dos mundos y de que el verdadero no es este.
Descartes
Conserva los dos mundos, pero traslada el suelo firme: ya no está en las Ideas, sino en el sujeto que piensa.
Nietzsche
Derriba el edificio entero y declara que el «mundo verdadero» fue siempre una mentira útil.
Ortega
Sobre ese solar, intenta levantar algo que no sea ni la razón sin vida ni la vida sin razón.
El mundo que vivió
El siglo XVII europeo, es decir, una crisis en tres frentes a la vez.
La unidad religiosa se ha roto: la Reforma ha partido Europa y la guerra de los Treinta Años (1618–1648) la está devastando. Cuando la autoridad se multiplica, deja de ser autoridad, y renace el escepticismo —Montaigne había preguntado tranquilamente «¿qué sé yo?».
El cosmos se ha roto: Copérnico sacó a la Tierra del centro, Kepler le quitó al cielo los círculos perfectos y Galileo, con el telescopio, mostró que allá arriba hay montañas y manchas. La física de Aristóteles, que había explicado el mundo durante veinte siglos, ya no explica nada.
Y hay un descubrimiento que lo cambia todo: la naturaleza está escrita en lenguaje matemático.
La vida que llevó
Nació en la Turena, en una familia de la pequeña nobleza de toga. Se educó con los jesuitas en La Flèche, uno de los mejores colegios de Europa, y salió de allí, según él mismo, convencido de no saber nada seguro salvo matemáticas. Se hizo soldado para ver mundo. La noche del 10 de noviembre de 1619, acuartelado en Alemania, tuvo tres sueños que interpretó como la revelación de una ciencia universal.
Vivió veinte años en Holanda, cambiando de casa constantemente para que no lo encontraran y poder trabajar. En 1633 supo de la condena de Galileo y retiró su tratado del mundo, que ya estaba terminado. Murió en Estocolmo, de una neumonía, después de aceptar dar clases a las cinco de la mañana a la reina Cristina de Suecia.
El problema que afrontó
Encontrar un fundamento absolutamente cierto cuando ya no lo garantiza nada de lo que lo garantizaba antes: ni la tradición, ni la Iglesia, ni Aristóteles, ni los sentidos. La ciencia nueva funciona, pero nadie ha explicado por qué. Hace falta un suelo, y hay que ponerlo antes de construir.
La herencia que recibió
De la escolástica que lo educó, aunque le pese: los conceptos con los que piensa —sustancia, atributo, causa, la idea de un Dios perfecto— vienen de ahí. De san Agustín, la intuición de que la certeza se busca hacia dentro y de que el que se engaña, existe. Y del método matemático, que es el verdadero modelo de toda su filosofía: partir de lo evidente y avanzar por pasos que no dejen huecos.
El pasado que rechazó
Contra el principio de autoridad. Contra Aristóteles y toda la escolástica: no acepta ninguna verdad porque la diga un libro o un maestro, solo porque la vea claramente. Contra los sentidos como fuente del conocimiento. Y contra la física cualitativa, de causas finales y lugares naturales: en su mundo solo hay extensión y movimiento.
Corta también con el escepticismo, y de la manera más arriesgada: aceptándolo primero. Duda de todo, incluso de las matemáticas, incluso de que haya mundo, para ver si algo resiste.
La propuesta que construyó
Algo resiste. Para ser engañado hay que existir: «pienso, luego existo». Sobre esa primera certeza levanta el resto —Dios como garante de lo claro y distinto, y un mundo de tres sustancias: la infinita, la pensante y la extensa.
Pero al hacerlo abre el problema que arrastrará toda la modernidad: si lo único seguro es mi conciencia, ¿cómo salgo de ella? Descartes sale gracias a Dios, y deja un hombre partido en dos sustancias que no consigue reunir. El dualismo, y esa glándula pineal en la que ni él acabó de creer.
La vigencia que tiene
La duda metódica es el mejor antídoto que se ha inventado contra la credulidad. Descartes no duda por deporte: duda una vez, a fondo, para no tener que dudar siempre. Aplicado a hoy, eso significa no dar por buena una afirmación porque la diga un titular, un influencer, un catedrático o un modelo de lenguaje, sino solo porque uno vea las razones. Es una disciplina incómoda y es exactamente lo que exige un mundo donde fabricar una imagen falsa cuesta diez segundos. Su genio maligno, que en el siglo XVII era una hipótesis extravagante, hoy tiene nombre técnico: deepfake.
Su otro problema tampoco se ha cerrado. Descartes parte al ser humano en dos, materia y conciencia, y no consigue explicar cómo se comunican. Ese hueco es hoy la gran pregunta de la neurociencia y de la inteligencia artificial: si el cerebro es materia que funciona según leyes, ¿de dónde sale la experiencia de estar viviendo? ¿Y basta con que una máquina procese información para que haya alguien ahí dentro? Cuando alguien discute si un sistema puede ser consciente, está discutiendo con Descartes, aunque no lo sepa.
Queda una herencia más discutida. Al reducir la naturaleza a extensión y movimiento, Descartes la deja sin interior: pura cosa medible y disponible. Esa mirada hizo posible la ciencia moderna y también la idea de un mundo que es solo un almacén de recursos. Buena parte del pensamiento ecológico actual se dedica a discutir precisamente eso.