Departamento deFilosofía
Platón · Fedón

3 · Un conocimiento previo al nacer

Antes de que empezáramos a ver, oír, y percibir todo lo demás, era necesario que hubiéramos obtenido captándolo en algún lugar el conocimiento de qué es lo igual en sí mismo, si es que a este punto íbamos a referir las igualdades aprehendidas por nuestros sentidos, y que todas ellas se esfuerzan por ser tales como aquello, pero le resultan inferiores.
—Es necesario de acuerdo con lo que está dicho, Sócrates.
—¿Acaso desde que nacimos veíamos, oíamos, y teníamos los demás sentidos?
—Desde luego que sí.
—¿Era preciso, entonces, decimos, que tengamos adquirido el conocimiento de lo igual antes que éstos?
—Sí.
—Por lo tanto, antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido.
—Eso parece.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece al Fedón, diálogo en el que Platón trata dos asuntos estrechamente entrelazados: si el alma humana es inmortal y en qué se diferencian el mundo que percibimos por los sentidos y el mundo eterno de las Ideas.

Idea principal 1.1

La idea principal es que el conocimiento de lo igual en sí está antes, y no después, que cualquier experiencia posible: ya teníamos antes que tenerlo para poder comparar con él lo que después nos van trayendo los sentidos. Y como percibimos desde el momento mismo de nacer, ese saber tuvo que conseguirse, según dice el texto, «antes de nacer».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es qué hace falta exactamente para que haya conocimiento. ¿Basta la experiencia por sí sola para explicar todo lo que sabemos, o hay saberes previos que la experiencia necesita pero que ella misma no puede crear? La respuesta obliga a decir además algo sobre qué es el alma y cómo se relaciona con el cuerpo. Es, por tanto, un claro problema epistemológico con repercusiones ontológicas: la pregunta por las condiciones que hacen posible el conocimiento acaba decidiendo qué clase de realidad es el alma.

Comentario del texto 1.2

El paso decisivo de todo el texto es este: conocer la Idea no es un resultado de la experiencia sensible, sino más bien aquello que hace posible la experiencia. Sin tener antes el modelo no podríamos medir las copias ni notar sus fallos, de manera que primero está la Idea y solo después la percepción adquiere sentido. El texto repite también algo que ya conocemos, y es que las cosas se esfuerzan por ser como la Idea pero le resultan siempre inferiores; eso es justamente la participación.

El razonamiento que viene inmediatamente a continuación se apoya en el tiempo y es muy sencillo de seguir, porque tiene solo dos premisas. La primera dice que la experiencia empieza en el momento de nacer, ya que desde que nacimos veíamos, oíamos y percibíamos. La segunda dice que el conocimiento de lo igual está antes que esa experiencia. De ambas premisas se sigue sin más la conclusión: «antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido». No nacemos vacíos, por tanto, sino con un saber olvidado que la experiencia se limita a despertar en nosotros, y esto es lo que se conoce como el innatismo de Platón.

La consecuencia sobre lo que somos nosotros mismos es enorme, porque si el alma ya sabía algo antes de nacer, entonces existió antes que el cuerpo y pertenece de suyo al mundo inteligible; conocer es, para ella, volver a su sitio de origen. Este argumento es uno de los pilares principales con los que el Fedón defiende que el alma humana es inmortal, y enseña además, de paso, que el sistema de Platón está muy bien trabado, ya que su teoría del conocimiento y su teoría del alma se sostienen mutuamente la una a la otra.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

La tesis de que el conocimiento de lo igual precede a toda experiencia apunta mucho más lejos de lo que parece, porque de ella arranca un razonamiento que llega hasta el alma y su destino. Los sentidos solo nos muestran cosas imperfectas y desiguales y, sin embargo, conocemos lo perfecto; luego ese saber tuvo que conseguirse antes de nacer. Y si el alma conoció antes de nacer, entonces existió ya antes que el cuerpo. De este modo quedan atados el uno al otro el conocimiento y el destino del alma.

Para que todo este razonamiento funcione hacen falta dos mundos, el sensible y el inteligible, y dos realidades distintas dentro del ser humano, un cuerpo mortal y un alma inmortal. Es decir, el texto está dando por supuesto el sistema entero de Platón, que conviene exponer ahora en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Platón 2.2

La filosofía de Platón nace de dos golpes muy concretos. Los sofistas enseñaban que no hay verdades firmes, sino que cada cual tiene la suya, y a eso se lo llama relativismo; además, Atenas condenó a muerte a Sócrates, su maestro. De ahí su objetivo: encontrar un saber seguro que sirva de base para vivir bien y para gobernar con acierto.

El centro de su filosofía es la teoría de las Ideas, según la cual la realidad se parte en dos mitades muy desiguales. El mundo sensible es el que se ve y se toca: material, cambiante, imperfecto, una simple copia de otra cosa. El mundo inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas y eternas que no cambian nunca ni se corrompen, como la Belleza misma o la Justicia misma. Las cosas de aquí abajo son lo que son porque imitan a esas Ideas, y a esa imitación Platón la llama participar. En lo más alto de todo está la Idea del Bien, que da existencia y verdad a lo demás igual que el sol da luz y vida a cuanto crece.

A cada mundo le corresponde un tipo de saber. Del sensible solo cabe opinión, en griego doxa, que puede fallar y que varía de unos a otros. Del inteligible cabe ciencia, episteme, con dos grados: el razonamiento de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Y conocer es en el fondo acordarse, porque el alma vio las Ideas antes de nacer: eso es la reminiscencia.

El ser humano queda dividido igual, en un alma inmortal y un cuerpo mortal que la ata a lo sensible y la estorba. El alma tiene tres partes —racional, irascible y concupiscible—, cuyo buen funcionamiento da tres virtudes: la sabiduría, el valor y la templanza. Del orden entre esas tres partes nace la justicia.

La política repite exactamente el mismo esquema. La ciudad justa tiene tres clases —gobernantes, guardianes y productores—, cada una con su tarea propia, y debe mandar quien conoce el Bien, es decir, el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el largo ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: el vitalismo del siglo XIX 3.1

El problema que plantea el texto lleva a una pregunta mayor: qué es la verdad. Para Platón la verdad es la adecuación de la razón a lo real, porque la razón se aparta de los sentidos y de sus engaños y alcanza aquello que de verdad existe, que son las Ideas, eternas y siempre iguales a sí mismas. Y esa adecuación se apoya en algo previo y más hondo. En Platón la verdad no es solo una cualidad de lo que decimos, sino también de lo que hay: unas cosas son más verdaderas que otras porque son más reales. Por eso puede afirmar que las Ideas tienen más verdad que las copias que percibimos, y por eso la línea separa sus secciones «en cuanto a su verdad y no verdad». De ahí sus tres rasgos: es una sola, vale para todos los hombres y no cambia nunca. Y no es una idea solo suya, sino que define a toda la filosofía griega clásica.

Frente a ella aparece en el siglo XIX el vitalismo, que rompe de arriba abajo el esquema entero. Para el vitalismo no existe ninguna realidad eterna esperando en algún sitio a ser encontrada, porque la realidad es vida, cambio, un fluir continuo que no se detiene nunca. Y la razón no es un espejo que refleje lo real, sino una herramienta que la vida se da a sí misma para orientarse. Así, la verdad deja de ser algo que se halla y pasa a ser una creación de la vida. Su representante más radical es, sin duda, Nietzsche.

El autor: Nietzsche 3.2

Nietzsche niega las dos piezas que sostienen esa adecuación, la realidad y la razón. Empieza por negar que existan dos mundos distintos: el de las Ideas sencillamente no está ahí, y lo real es el cambio continuo que muestran los sentidos, no lo eterno e inmóvil que promete la razón. Y niega después el papel de la razón, porque, lejos de encontrar la realidad, lo que hace es falsearla. Los sentidos no mienten nunca; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos e inmóviles como sustancia, identidad o ser. Por eso llama a las Ideas «momias conceptuales», y la imagen está muy bien elegida: algo que estaba vivo, secado y vendado para que dure siempre.

La verdad, entonces, ya no es adecuación alguna, sino una ficción útil que nació como un conjunto de errores que ayudaban a vivir y que acabaron pareciendo evidentes. De ahí que preguntar por la verdad sea en realidad preguntar otra cosa: qué clase de vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, según Nietzsche, una vida débil y cansada, incapaz de soportar el cambio, que se venga de él imaginando otro mundo mejor.

El choque alcanza también al alma, porque para Platón conocer es recordar lo que el alma inmortal vio antes de nacer, y la razón nos emparenta directamente con lo divino. Nietzsche le da la vuelta al asunto: venimos del cuerpo y de sus impulsos, y el alma separable no es más que la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente a la subida platónica hacia el Bien, él propone la fidelidad a la tierra: decir que sí al cambio entero, incluso a lo más terrible que traiga. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido, el mismo esquema platónico puesto exactamente del revés.