Cuatro autores y veinticuatro siglos. Conviene no leerlos como cuatro islas, porque forman una sola conversación. Son cuatro respuestas a la misma pregunta, y ninguna de ellas es inocente respecto de la anterior.
Evolución de los cuatro autores
Platón
Levanta la idea de que hay dos mundos y de que el verdadero no es este.
Descartes
Conserva los dos mundos, pero traslada el suelo firme: ya no está en las Ideas, sino en el sujeto que piensa.
Nietzsche
Derriba el edificio entero y declara que el «mundo verdadero» fue siempre una mentira útil.
Ortega
Sobre ese solar, intenta levantar algo que no sea ni la razón sin vida ni la vida sin razón.
El mundo que vivió
Atenas acababa de perder la guerra del Peloponeso. La ciudad que había vencido a los persas y construido el Partenón llevaba treinta años desangrándose y terminó rindiéndose a Esparta en el 404. Después vino el gobierno brutal de los Treinta Tiranos —dos de ellos, parientes suyos—, y después la democracia restaurada.
A la crisis política se suma otra intelectual. Los sofistas enseñan que no hay verdad, sino opiniones más o menos persuasivas, y que la justicia es lo que conviene al más fuerte. Es una doctrina que se puede discutir en abstracto. En el 399 deja de ser abstracta: la Atenas democrática condena a muerte a Sócrates.
La vida que llevó
Ateniense, de familia aristocrática y bien situada. Estaba destinado a la política y él mismo cuenta que la esperaba con impaciencia. No llegó a ejercerla nunca. A los veinte años entró en el círculo de Sócrates y pasó con él ocho años; cuando lo condenaron, Platón tenía veintiocho.
Se marchó de la ciudad. Viajó al sur de Italia, donde conoció a los pitagóricos, y a Sicilia, donde intentó tres veces —y fracasó tres veces— convertir a un tirano en rey filósofo. Al volver fundó la Academia, hacia el 387. Sobrevivió cuarenta años a su maestro y murió escribiendo.
El problema que afrontó
Es uno solo y tiene dos caras. Si los sofistas tienen razón, la muerte de Sócrates no fue un crimen: fue el resultado de una votación, y no hay nada desde donde llamarla injusta. Hay que demostrar, entonces, que existe una verdad que no depende de quién la diga ni de cuántos la voten.
Y esa demostración tiene que servir también para la ciudad. Porque si no hay justicia en sí, gobernar es solo persuadir; y si la hay, gobernar es un saber, y no cualquiera puede.
La herencia que recibió
De Sócrates, ante todo: de la pregunta «¿qué es?», que busca la definición universal y no los ejemplos. De los pitagóricos toma el alma inmortal, la purificación y la matemática como llave del cosmos. De Parménides, la exigencia de que lo real sea uno, eterno e inmutable. De Heráclito, a través de Crátilo, la constatación de que lo sensible fluye y no se deja fijar.
El pasado que rechazó
Contra los sofistas. Frente al «el hombre es la medida de todas las cosas» de Protágoras, sostiene que la medida existe y no la ponemos nosotros. Y corta con la democracia ateniense, a la que considera el gobierno de la opinión: si para curar buscamos al médico y no votamos el remedio, ¿por qué gobernar habría de ser distinto?
Corta también, y de un modo más elegante, con Heráclito y Parménides a la vez: en lugar de elegir entre el ser y el devenir, le da a cada uno su mundo.
La propuesta que construyó
Las Ideas, que resuelven las dos caras del problema de un golpe. Si hay realidades objetivas, eternas, que el alma puede conocer porque las contempló antes de nacer, entonces hay ciencia, hay justicia en sí y hay alguien capacitado para gobernar: el que las conoce. De ahí salen los dos mundos, el alma inmortal, la reminiscencia y el rey filósofo.
El precio lo paga el mundo en el que vivimos, que queda degradado a copia. Ese precio se lo cobrará Nietzsche veintitrés siglos después.
La vigencia que tiene
Su discusión con los sofistas es la nuestra. Hoy llamamos posverdad a lo que él vio en Protágoras: la sospecha de que no hay verdad, solo relatos que compiten, y de que gana el que persuade mejor. La diferencia es de escala. Los sofistas cobraban por enseñar a convencer a una asamblea; hoy hay una industria entera dedicada a medir qué mensaje engancha, y funciona sin necesidad de que nadie crea en él. La pregunta de Platón sigue en pie: si de verdad da igual lo que sea cierto, ¿desde dónde protestamos cuando nos engañan?
Y su segunda pregunta incomoda todavía más, porque nos pilla a contrapié. Platón sostiene que gobernar es un saber y que no cualquiera está capacitado. Cada vez que aparece una pandemia, una crisis financiera o el cambio climático reaparece el mismo dilema: ¿decide el que sabe o decide la mayoría? Conviene ver las dos caras. Confiar solo en la mayoría puede llevar a votar cosas que no entendemos; confiar solo en los expertos produce lo que hoy llamamos tecnocracia, un poder que nadie ha elegido y al que nadie puede echar. Platón eligió una de las dos salidas y le salió una ciudad sin libertad. Que el problema sea real no significa que su solución lo resuelva.
La caverna, por cierto, se ha vuelto más literal de lo que él imaginó. Un algoritmo decide qué sombras ves, y están calculadas para que no quieras salir.