Departamento deFilosofía
Nietzsche · La gaya ciencia

31 · §110 · Fuerza frente a verdad

§ 110. El origen del conocimiento. […] —La fuerza de los conocimientos no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su asimilación, en su carácter de condición vital. Cuando parecía surgir un conflicto entre la vida y el conocimiento, nunca se luchaba seriamente: se consideraba una locura negar y dudar. Los pensadores excepcionales tales como los eleáticos, que, no obstante, establecían y proclamaban las antítesis de los errores naturales, creían que era posible vivir esta antítesis; inventaban al sabio, como hombre de concepción inmutable, impersonal y universal, que era uno y todo a un tiempo, con una capacidad específica para ese conocimiento opuesto; opinaban que su conocimiento era al mismo tiempo principio de vida. Mas para poder afirmar todo esto, tenían que engañarse sobre su propia situación: tenían que atribuirse impersonalidad y duración sin cambio, interpretar mal la esencia del cognoscente, negar la fuerza de los impulsos en el conocimiento y, en un plano general, concebir la razón como actividad completamente libre que tenía su raíz en sí misma.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a La gaya ciencia, obra en la que Nietzsche critica a fondo la tradición metafísica y moral de Occidente y anuncia en ella la muerte de Dios.

Idea principal 1.1

La idea principal la enuncia ya la primera frase del texto: «La fuerza de los conocimientos no reside en su grado de verdad, sino en su antigüedad, en su asimilación, en su carácter de condición vital». Y quienes negaron esos errores vitales, como hicieron en su día los eleatas, solo pudieron lograrlo a costa de engañarse a sí mismos sobre sí mismos.

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es qué relación hay exactamente entre la vida y el conocimiento. ¿Puede el pensamiento llegar a colocarse alguna vez fuera de la vida que lo produce? Porque si detrás de toda razón actúan siempre ciertos impulsos, la supuesta imparcialidad del filósofo no sería más que una simple máscara. El problema es epistemológico con evidentes repercusiones ontológicas: al preguntar de dónde saca su fuerza un conocimiento cualquiera, se acaba negando que exista eso que hasta ahora llamábamos sujeto puro.

Comentario del texto 1.2

El texto arranca con un criterio nuevo que le da la vuelta entera a la teoría clásica del conocimiento. Lo que da fuerza a una creencia no es su grado de verdad, sino su antigüedad, el estar ya asimilada y su «carácter de condición vital». Por eso, cuando parecía surgir «un conflicto entre la vida y el conocimiento», nunca hubo una lucha seria: «se consideraba una locura negar y dudar». Las creencias vitales tenían siempre la partida ganada de antemano frente a la duda.

Se analiza después la única excepción aparente de todas, la de los eleatas. Parménides y su escuela negaron la pluralidad y el cambio, proclamaron «las antítesis de los errores naturales» y llegaron a creer «que era posible vivir esta antítesis». ¿Y cómo lo lograron ellos? Inventando un personaje a su medida, porque «inventaban al sabio, como hombre de concepción inmutable, impersonal y universal»: un hombre hecho justamente a la medida de su propia idea del ser inmutable.

El precio que pagaron por esa invención fue, sin duda, el autoengaño. Para poder sostenerse «tenían que engañarse sobre su propia situación», atribuirse a sí mismos «impersonalidad y duración sin cambio», «negar la fuerza de los impulsos en el conocimiento» y concebir «la razón como actividad completamente libre que tenía su raíz en sí misma». Dicho de otro modo: el sujeto puro de conocimiento no es más que una ficción.

Aquí está ya en miniatura el método genealógico entero de Nietzsche, porque él no pregunta nunca si algo es verdad, sino qué tipo de vida y qué impulso concreto hablan en ello. La filosofía del ser eterno no nace nunca de la razón pura, sino de una profunda necesidad de estabilidad, y la razón que se dice desinteresada acaba resultando ser la máscara más fina y sutil del interés vital.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Nietzsche afirma que la fuerza de un conocimiento no está en su verdad sino en su carácter de condición vital, está aplicando su método característico, la genealogía. El texto muestra que el conocimiento no nace del amor a la verdad, sino de la vida misma: de errores que resultaron útiles, del miedo, de la necesidad de seguridad. La pregunta ya no es qué cosa es verdad, sino qué clase de vida se expresa en cada verdad y en cada valor.

Esa pregunta, llevada hasta el fondo, desmonta el edificio entero de la cultura occidental, porque la metafísica del ser, la moral y el Dios cristiano resultan ser síntomas de una vida débil y cansada. Frente a ellos, Nietzsche reivindica la vida, el cuerpo y este mundo de aquí, que es el único que hay. Conviene exponer ahora su filosofía en conjunto.

Síntesis de la filosofía de Nietzsche 2.2

La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.

Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.

La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.

El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.

De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: la filosofía griega clásica 3.1

El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.

Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.

El autor: Platón 3.2

Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.

La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.

Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.

La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.