Departamento deFilosofía
Línea ontoepistemológica

Nietzsche

1844 – 1900

Cuatro autores y veinticuatro siglos. Conviene no leerlos como cuatro islas, porque forman una sola conversación. Son cuatro respuestas a la misma pregunta, y ninguna de ellas es inocente respecto de la anterior.

Evolución de los cuatro autores

Platón

Levanta la idea de que hay dos mundos y de que el verdadero no es este.

Descartes

Conserva los dos mundos, pero traslada el suelo firme: ya no está en las Ideas, sino en el sujeto que piensa.

Nietzsche

Derriba el edificio entero y declara que el «mundo verdadero» fue siempre una mentira útil.

Ortega

Sobre ese solar, intenta levantar algo que no sea ni la razón sin vida ni la vida sin razón.

El mundo que vivió

La Alemania de Bismarck: el Imperio recién unificado en 1871, victorioso, industrializándose a toda velocidad, orgulloso de sí mismo, cada vez más nacionalista y más antisemita —dos cosas que Nietzsche despreció sin matices, incluso cuando las encontró en su propia familia.

Y una Europa donde Dios se ha ido apagando sin que nadie lo anuncie. El positivismo ocupa el lugar de la teología, la ciencia lo explica todo, la burguesía sigue yendo a misa por costumbre. El acontecimiento ha ocurrido y nadie se ha enterado todavía.

La vida que llevó

Hijo y nieto de pastores luteranos, en un pueblo de Sajonia. Su padre murió cuando él tenía cuatro años. Fue un estudiante extraordinario: a los veinticuatro, sin haber terminado el doctorado, lo nombraron catedrático de filología clásica en Basilea. Parecía el comienzo de una carrera académica brillante y fue el comienzo de otra cosa.

La enfermedad —jaquecas atroces, vómitos, la vista casi perdida— lo obligó a dimitir en 1879. Empezó entonces una década de pensión modesta y habitaciones de alquiler entre Sils-Maria, Niza, Génova y Turín, escribiendo casi todo lo que hoy leemos. En enero de 1889, en una calle de Turín, se abrazó llorando al cuello de un caballo al que estaban azotando. No volvió a escribir. Pasó once años bajo el cuidado de su madre y luego de su hermana, que manipuló sus manuscritos y lo entregó, ya inconsciente, a gente con la que él no habría querido compartir ni la acera.

El problema que afrontó

Nietzsche es el que se da cuenta de lo que significa de verdad que Dios haya muerto. No se cae solo la religión: se caen la verdad, el bien y el sentido, porque todos ellos se apoyaban en Él. Eso es el nihilismo, y llega solo, sin que nadie lo elija.

Ahí está su problema, y es un problema que él mismo agrava: una vez demolido todo lo que daba valor a la existencia, ¿de dónde se sacan valores nuevos? Si no se resuelve, queda el último hombre —satisfecho, pequeño, sin nada por lo que arriesgarse.

La herencia que recibió

De Schopenhauer, que le enseñó que en el fondo de todo hay una voluntad ciega y no una razón. De Wagner, con quien creyó durante años que se podía regenerar la cultura alemana desde el arte. De los presocráticos, sobre todo de Heráclito: el mundo es devenir, y aceptarlo es lo difícil. Y de los moralistas franceses, de quienes aprende a desconfiar de los motivos nobles.

El pasado que rechazó

Contra todos ellos, primero. Rompe con Wagner por su antisemitismo, su nacionalismo y su rendición al cristianismo en Parsifal; rompe con Schopenhauer porque el pesimismo, al final, también es una manera de decirle no a la vida.

Y después corta con la tradición entera. Con Sócrates y Platón, a los que señala como el origen de la enfermedad: el momento en que Occidente inventó un «mundo verdadero» detrás de este y empezó a despreciar el único que hay. Con el cristianismo, que llama «platonismo para el pueblo». Con Kant y su cosa en sí. Con la moral, a la que no discute sino que investiga: no pregunta si es verdadera, pregunta de dónde viene y a quién beneficia.

La propuesta que construyó

El método primero: la genealogía. No preguntar «¿es verdad?», sino «¿qué vida se expresa en esta verdad?». Con él desmonta la moral y la metafísica.

Y después la parte afirmativa, la que le importaba: el «mar abierto», la transvaloración de todos los valores, la voluntad de poder como lo que hay en el fondo de lo real, el superhombre como el que es capaz de crear valores propios, y el eterno retorno como prueba —¿querrías esta vida otra vez, exactamente igual, infinitas veces?

Destruir era la mitad del trabajo. La otra mitad la dejó a medias, y la locura decidió por él.

La vigencia que tiene

Nietzsche nos enseñó a hacer una pregunta que ya no sabemos dejar de hacer: ante cualquier valor, cualquier norma o cualquier verdad, preguntar de dónde viene y a quién beneficia. Esa sospecha está hoy en todas partes, en la crítica académica y en la conversación de bar. Es una herramienta poderosa para desenmascarar intereses disfrazados de principios.

Pero conviene verle también el reverso, porque es el problema intelectual más serio que tenemos. Si toda verdad es interpretación y detrás de cada afirmación hay una voluntad de poder, entonces cualquiera puede blindar un bulo diciendo «esa es tu verdad, esta es la mía». Nietzsche sirve a la vez para diagnosticar la posverdad y para justificarla, y no es fácil quedarse con lo primero sin quedarse con lo segundo. Merece la pena discutirlo en clase sin resolverlo a la ligera.

Y luego está su diagnóstico, que envejece demasiado bien. El nihilismo que anunció no llegó como desesperación, sino como distracción: el último hombre no sufre, se entretiene. Vive cómodo, bien informado, permanentemente ocupado, sin nada por lo que valga la pena arriesgar algo. Su prueba del eterno retorno sigue siendo la más incómoda que se le puede hacer a alguien: si tuvieras que repetir esta vida, exactamente esta, infinitas veces, ¿la querrías?

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