32 · §125 · El hombre loco
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a La gaya ciencia, obra en la que Nietzsche critica a fondo la tradición metafísica y moral de Occidente y anuncia en ella la muerte de Dios.
La idea principal del texto es el anuncio de la muerte de Dios: «¡Lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!». Sin ese fundamento absoluto el ser humano queda completamente desorientado, sin arriba ni abajo y perdido en un mundo sin ninguna dirección, una vez que se ha «borrado todo el horizonte» y desatada ya «esta Tierra de su Sol».
El problema de fondo es el nihilismo europeo. ¿Qué ocurre exactamente cuando se derrumba el fundamento que sostenía la verdad, la moral y el sentido de todo? ¿Puede una cultura entera sobrevivir de veras a la pérdida de todo punto de referencia absoluto? El problema es plenamente ontoepistemológico: lo que se derrumba con la muerte de Dios es a la vez el fundamento de todo lo que hay y el de todo lo que vale para nosotros.
El texto está escrito, como tantos otros, como una parábola. Un «hombre loco» enciende una linterna «en pleno día», corre hasta la plaza pública y grita a todos que busca a Dios. Los que están allí no creen en Dios y se burlan de él preguntando si se ha perdido, si se ha embarcado o si ha emigrado. El detalle importa mucho: el loco no está hablando a unos creyentes, sino a ateos satisfechos que han abandonado a Dios sin pensar del todo lo que eso significa.
Entonces el loco les revela de golpe la verdadera magnitud del hecho. A la pregunta de dónde se ha ido Dios responde él mismo sin dudar: «¡Lo hemos matado, vosotros y yo!». La muerte de Dios es, pues, una obra puramente humana, causada por nuestra propia cultura moderna, y además se trata de un crimen colectivo: «¡Todos nosotros somos sus asesinos!».
Siguen a continuación las imágenes cósmicas, que son las más difíciles del texto y también las más importantes. ¿Cómo pudimos vaciar el mar entero? ¿Quién nos dio «la esponja para borrar todo el horizonte»? ¿Qué hicimos «al desatar esta Tierra de su Sol»? El mar, el horizonte y el sol simbolizan aquí el fundamento perdido, de manera que sin Dios ya no hay arriba ni abajo, ni centro alguno ni dirección: «¿Hacia dónde va ella ahora? ¿Adónde vamos?». Por eso mismo hay que encender linternas en pleno día, porque, muerta la luz divina, solo queda ya la luz artificial.
El final martillea la misma noticia hasta tres veces: «¡Dios ha muerto! ¡Dios sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Conviene notar bien que Nietzsche no discute aquí si Dios existe, sino que se limita a constatar un hecho histórico: la fe que sostenía a Occidente ha perdido toda su fuerza. Y deja abierta al final la gran pregunta, la de si nos hundiremos en el nihilismo o si seremos capaces de crear valores nuevos.
Cuando el hombre loco grita que hemos matado a Dios, Nietzsche está anunciando el acontecimiento central de su filosofía. El texto muestra sus dos caras. Por un lado, la fe que sostenía a Occidente ha perdido su fuerza, y con ella se tambalean la verdad, la moral y el sentido de la vida: eso es exactamente el nihilismo. Por otro lado, se abre lo que él llama el mar abierto, es decir, la posibilidad de crear valores nuevos.
Conviene advertir además, y es decisivo, que «Dios» no significa aquí solo el Dios cristiano, sino todo el mundo suprasensible inventado desde Platón: las Ideas, la verdad eterna, el bien en sí, el más allá. La muerte de Dios es el final de esa larga historia, que Nietzsche diagnostica como médico y quiere invertir. Veamos ahora su filosofía en conjunto.
La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.
De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.
El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.
Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.
Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.
Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.
La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.