Departamento deFilosofía
Nietzsche · La gaya ciencia

35 · §343 · El mar otra vez abierto

§ 343. Cómo está nuestra alegría. […] Y estas consecuencias inmediatas, sus consecuencias para nosotros no son, contrariamente a lo que pudiera acaso suponerse, en manera alguna tristes y ensombrecedoras, sino muy al contrario como una especie nueva, difícil de definir, de luz, ventura, alivio, alegría, aliento, aurora... En efecto, los filósofos y «espíritus libres», al enterarnos de que «ha muerto el viejo Dios», nos sentimos como iluminados por una aurora nueva; con el corazón henchido de gratitud, maravilla, presentimiento y expectación — por fin el horizonte se nos aparece otra vez libre, aunque no esté aclarado, por fin nuestras naves pueden otra vez zarpar, desafiando cualquier peligro, toda aventura del cognoscente está otra vez permitida, el mar, nuestro mar, está otra vez abierto, tal vez no haya habido jamás mar tan abierto.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a La gaya ciencia, obra en la que Nietzsche critica a fondo la tradición metafísica y moral de Occidente y anuncia en ella la muerte de Dios.

Idea principal 1.1

La idea principal es que para «los filósofos y “espíritus libres”» la muerte de Dios no es en absoluto un motivo de duelo, sino una liberación, porque al llegar a saberlo «nos sentimos como iluminados por una aurora nueva». Por fin, dice, «nuestras naves pueden otra vez zarpar» y, sobre todo, «el mar, nuestro mar, está otra vez abierto».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es que toda crisis de fundamentos tiene siempre dos caras distintas. La caída de todos los valores supremos, ¿es solo una catástrofe o también, quizá, una oportunidad? Lo que se plantea aquí es si perder lo absoluto puede ser la condición misma de la libertad y de la creación. El problema es aquí ontológico con derivas epistemológicas: la desaparición del fundamento absoluto es ante todo un hecho sobre lo que hay, y por eso mismo convierte el conocer en una aventura sin garantías.

Comentario del texto 1.2

El texto le da la vuelta por completo al tono sombrío del fragmento anterior. Las consecuencias más inmediatas del acontecimiento «no son, contrariamente a lo que pudiera acaso suponerse, en manera alguna tristes y ensombrecedoras», sino más bien algo así como «una especie nueva, difícil de definir, de luz, ventura, alivio, alegría, aliento, aurora». Donde antes había ocaso y eclipse, ahora hay una aurora: la muerte del viejo sol es justamente lo que permite ahora otro amanecer.

Los destinatarios de esa alegría están nombrados en el texto con toda precisión: «los filósofos y “espíritus libres”». Al enterarse de que «ha muerto el viejo Dios» se sienten de pronto iluminados, con el corazón entero lleno «de gratitud, maravilla, presentimiento y expectación». No se trata de simple indiferencia ante la pérdida, sino de la reacción propia de quien ya pertenecía al futuro.

El final es la gran imagen marítima del pasaje, y conviene leerla muy despacio porque en ella está toda la tesis. Dice así el texto, en tres golpes: «Por fin el horizonte se nos aparece otra vez libre, aunque no esté aclarado.» «Por fin nuestras naves pueden otra vez zarpar, desafiando cualquier peligro.» «Toda aventura del cognoscente está otra vez permitida.» Y el cierre final es este: «el mar, nuestro mar, está otra vez abierto». Aquel horizonte que el loco veía borrado reaparece ahora como un espacio abierto para poder navegar, de modo que, al faltar una verdad absoluta a la que obedecer, conocer se convierte en pura aventura y en riesgo. Eso es justamente lo que da nombre a la gaya ciencia.

Hay además un matiz muy honrado que no conviene en absoluto pasar por alto, porque el horizonte está libre «aunque no esté aclarado». La libertad así ganada no proporciona ninguna certeza: solo da un mar abierto por delante. Eso es exactamente el nihilismo activo, es decir, la muerte de Dios entendida como la condición para crear valores nuevos.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Nietzsche celebra por fin que «el mar, nuestro mar, está otra vez abierto», está anunciando el acontecimiento central de su filosofía. El texto muestra sus dos caras. Por un lado, la fe que sostenía a Occidente ha perdido su fuerza, y con ella se tambalean la verdad, la moral y el sentido de la vida: eso es exactamente el nihilismo. Por otro lado, se abre lo que él llama el mar abierto, es decir, la posibilidad de crear valores nuevos.

Conviene advertir además, y es decisivo, que «Dios» no significa aquí solo el Dios cristiano, sino todo el mundo suprasensible inventado desde Platón: las Ideas, la verdad eterna, el bien en sí, el más allá. La muerte de Dios es el final de esa larga historia, que Nietzsche diagnostica como médico y quiere invertir. Veamos ahora su filosofía en conjunto.

Síntesis de la filosofía de Nietzsche 2.2

La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.

Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.

La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.

El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.

De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: la filosofía griega clásica 3.1

El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.

Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.

El autor: Platón 3.2

Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.

La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.

Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.

La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.