37 · §355 · Lo conocido y lo ajeno
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a La gaya ciencia, obra en la que Nietzsche critica a fondo la tradición metafísica y moral de Occidente y anuncia en ella la muerte de Dios.
La idea principal es que quienes conocen resultan ser unos «contentadizos» y confunden sin más lo familiar con aquello que se ha comprendido, porque para todos ellos «lo que es conocido es reconocido». Y es un verdadero «¡Error de los errores!» el creer que lo conocido —el «mundo interior», los «hechos de la conciencia»— sea justamente lo más fácil de conocer.
El problema de fondo es por dónde debe empezar realmente el conocimiento. ¿Es la propia conciencia el terreno más seguro y el más transparente de todos? Lo que se pone aquí en duda es el supuesto básico de toda la filosofía moderna: que lo inmediato e íntimo sea también lo mejor conocido. El problema es aquí puramente epistemológico: se discute por dónde debe empezar el conocimiento, y la respuesta invierte por completo lo que parecía obvio, porque lo más cercano resulta ser justamente lo menos conocido.
El texto prolonga aquí la crítica anterior del conocer entendido como hacer familiar lo extraño. Todos los filósofos comparten en el fondo el mismo principio, «lo que es conocido es reconocido», y ahí está justamente la trampa de todo, porque se confunde la simple familiaridad con la comprensión. Por eso mismo Nietzsche los llama «contentadizos»: se dan por satisfechos en cuanto encuentran cualquier cosa que ya les resultaba doméstica.
La crítica se centra después en la cuestión del «mundo interior». Hay muchos filósofos que exigen «metódicamente partir del “mundo interior”, de los “hechos de la conciencia” ¡porque este sería el mundo que nos es más conocido!». El blanco al que apunta está claro: Descartes y toda la filosofía moderna del sujeto, que toma la conciencia como si fuera un suelo firme. Y la respuesta que da Nietzsche es tajante: «¡Error de los errores!».
Acto seguido le da la vuelta entera al argumento, y este es el paso realmente decisivo de todo el texto: «Lo conocido es lo acostumbrado; y lo acostumbrado es lo más difícil de “reconocer”», o sea, de llegar a verlo «como problema, vale decir, como cosa ajena, lejana, “exterior a nosotros”». Vivimos tan instalados dentro de nuestra propia conciencia que ya no somos capaces de mirarla como un problema. La intimidad, lejos de dar claridad, acaba produciendo ceguera.
La comparación final del pasaje lo confirma. Las ciencias naturales tienen una «gran seguridad» si se las compara con la psicología, y la razón de ello está en que «toman como objeto lo ajeno»: conocer exige siempre una cierta distancia. Querer tomar en cambio «lo no ajeno como objeto» roza ya «lo contradictorio y el absurdo», porque la psicología introspectiva pretende convertir en objeto justamente aquello de lo que no puede separarse. La conclusión es del todo incómoda: lo más cercano resulta ser lo menos conocido, y la filosofía del sujeto se apoya sobre el más viejo de nuestros hábitos.
Cuando Nietzsche llama «error de los errores» a la confianza en el mundo interior, está aplicando su método característico, la genealogía. El texto muestra que el conocimiento no nace del amor a la verdad, sino de la vida misma: de errores que resultaron útiles, del miedo, de la necesidad de seguridad. La pregunta ya no es qué cosa es verdad, sino qué clase de vida se expresa en cada verdad y en cada valor.
Esa pregunta, llevada hasta el fondo, desmonta el edificio entero de la cultura occidental, porque la metafísica del ser, la moral y el Dios cristiano resultan ser síntomas de una vida débil y cansada. Frente a ellos, Nietzsche reivindica la vida, el cuerpo y este mundo de aquí, que es el único que hay. Conviene exponer ahora su filosofía en conjunto.
La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.
De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.
El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.
Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.
Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.
Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.
La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.