Departamento deFilosofía
Nietzsche · El crepúsculo de los ídolos

38 · La razón en la filosofía (1)

¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos? Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo. Los filósofos creen otorgar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, sub specie aeterni [desde la perspectiva de lo eterno], -cuando hacen de ella una momia. Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Matan, rellenan de paja, esos señores idólatras de los conceptos, cuando adoran, -se vuelven mortalmente peligrosos para todo, cuando adoran. La muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento son para ellos objeciones, -incluso refutaciones. Lo que es no deviene; lo que deviene no es… Ahora bien, todos ellos creen, incluso con desesperación, en lo que es. Mas como no pueden apoderarse de ello, buscan razones de por qué se les retiene. "Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador? – Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad!

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a El crepúsculo de los ídolos, obra breve y de tono combativo en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.

Idea principal 1.1

La idea principal es que los filósofos padecen todos ellos una idiosincrasia, es decir, una manía muy suya de siempre: «su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo». Creen honrar una cosa cuando la sacan fuera de la historia, «cuando hacen de ella una momia». Y como no encuentran por ninguna parte el ser que buscan, culpan de ello a un engañador: «¡es la sensibilidad!».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es qué relación hay exactamente entre el ser y el puro devenir. ¿Lo real es acaso lo eterno e inmutable, o lo es más bien el cambio mismo? De la respuesta depende cómo hemos de valorar el mundo que percibimos: como fundamento seguro del saber o como pura fuente de engaño. El problema es ontológico con derivas epistemológicas: se pregunta aquí si lo real es lo eterno o más bien el cambio, y de ahí depende que los sentidos nos informen o nos engañen.

Comentario del texto 1.2

El texto hace un verdadero diagnóstico psicológico de toda la tradición filosófica. La idiosincrasia de los filósofos, su rasgo más enfermizo, es el odio al devenir, y Nietzsche lo bautiza con un nombre, «egipticismo». La metáfora egipcia domina el pasaje entero, porque los filósofos creen honrar una cosa justamente cuando la deshistorizan y «hacen de ella una momia»: eternizar equivale entonces a momificar. El resultado de todo ello es demoledor, ya que «todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real». El ser, la sustancia, el alma o Dios no serían así más que cadáveres embalsamados de una realidad que antes estaba viva.

Sigue después el conflicto abierto con la vida. Para estos filósofos, «la muerte, el cambio, la vejez, así como la procreación y el crecimiento» son «objeciones, -incluso refutaciones»; es decir, todo aquello que tiene que ver con vivir les parece un argumento en contra de la realidad. Su axioma de siempre lo resume: «Lo que es no deviene; lo que deviene no es». Esa es exactamente la fórmula del eleatismo y del platonismo, donde el ser y el devenir se excluyen. Y ellos siguen creyendo en el ser «incluso con desesperación».

Aparece entonces un problema serio: ese ser no se encuentra por ninguna parte. ¿Y qué es lo que hacen? Buscar enseguida un culpable a quien acusar. «Tiene que haber una ilusión, un engaño en el hecho de que no percibamos lo que es: ¿dónde se esconde el engañador?» Y creen por fin dar con él: «Lo tenemos, gritan dichosos, ¡es la sensibilidad!». Conviene fijarse bien en el movimiento que hacen: como el ser no se percibe, en vez de concluir que no existe acusan a los sentidos de estar escondiéndolo. Así es como nace la larga condena metafísica de la sensibilidad, que va de Platón hasta Kant, y así queda ya preparada la respuesta de Nietzsche: rehabilitar los sentidos y el cuerpo entero.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Nietzsche acusa a los filósofos de convertir la realidad en «momias conceptuales», está ajustando cuentas con toda la tradición filosófica anterior. El texto muestra con precisión dónde está la raíz del error: no en los sentidos, que muestran fielmente el devenir, sino en la razón y en el lenguaje, que imponen sobre él ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso, porque solo existe este mundo.

Y la crítica es además un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se está vengando en el fondo de este. Por eso su tarea tiene dos caras: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar en cambio aquello que negaban, es decir, la vida, el cuerpo y la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Nietzsche 2.2

La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.

Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.

La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.

El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.

De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: la filosofía griega clásica 3.1

El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.

Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.

El autor: Platón 3.2

Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.

La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.

Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.

La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.