39 · El engaño de los sentidos (1)
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a El crepúsculo de los ídolos, obra breve y de tono combativo en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.
La idea principal es la moraleja práctica que sacan los metafísicos: «deshacerse del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia» y también «decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos». Su ideal entero se resume en una exclamación, «¡Ser filósofo, ser momia!», y su primer mandamiento de todos resulta aún más claro: «¡fuera el cuerpo!», dice.
El problema de fondo es qué valor le hemos dado al cuerpo y a todo lo que percibimos. ¿Por qué el pensamiento occidental ha despreciado siempre tanto lo corporal? ¿Ese desprecio es acaso un conocimiento, o más bien el síntoma de un profundo rechazo de la vida? El problema es ontológico con derivas epistemológicas: al preguntar por fin qué lugar ocupa el cuerpo dentro de lo real, se decide si despreciarlo es conocimiento o mero síntoma de decadencia.
El texto saca ahora la consecuencia práctica y moral del razonamiento anterior. Si la sensibilidad es de veras la gran engañadora, la conclusión resulta del todo obligada: hay que librarse cuanto antes y del todo «del engaño de los sentidos, del devenir, de la historia, de la mentira». Conviene fijarse bien en la ecuación que aquí se establece, porque, según dice, «la historia no es más que fe en los sentidos, fe en la mentira»: sentidos, devenir e historia forman así un solo bloque, que es precisamente el del mundo real. Y la metafísica lo condena entero de un golpe al «decir no a todo lo que otorga fe a los sentidos, a todo el resto de la humanidad: todo él es “pueblo”». En ese desprecio hacia el pueblo llano que se fía de sus propios ojos asoma ya el resentimiento del filósofo contra la vida común.
Sigue después la caricatura feroz de todo el ideal filosófico: «¡Ser filósofo, ser momia, representar el monótono-teísmo con una mímica de sepulturero!». El juego de palabras del original es excelente, porque «monótono-teísmo» junta la monotonía del concepto puro con el monoteísmo: el filósofo del ser vendría a ser el sacerdote de un dios aburrido, un sepulturero dedicado sin descanso a embalsamar la realidad. Así, la momia del fragmento anterior acaba convertida en autorretrato, ya que quien odia tanto el cambio acaba pareciéndose a aquello que adora, que es lo muerto.
El clímax del pasaje llega por fin con la expulsión del cuerpo: «¡Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable idée fixe de los sentidos!». Los filósofos lo declaran solemnemente «sujeto a todos los errores de la lógica que existen, refutado, incluso imposible». Y entonces estalla del todo la ironía, porque el cuerpo resulta ser «lo bastante insolente para comportarse como si fuera real». La realidad desmiente aquí a la lógica, y la metafísica prefiere salvar la lógica antes que aceptar el cuerpo. Frente a todo eso, Nietzsche insinúa ya su propio programa: tomar el propio cuerpo como hilo conductor y leer todo desprecio del cuerpo como el síntoma de una vida que decae.
Cuando Nietzsche resume la moraleja de los metafísicos en un «¡fuera el cuerpo!», está ajustando cuentas con toda la tradición filosófica anterior. El texto muestra con precisión dónde está la raíz del error: no en los sentidos, que muestran fielmente el devenir, sino en la razón y en el lenguaje, que imponen sobre él ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso, porque solo existe este mundo.
Y la crítica es además un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se está vengando en el fondo de este. Por eso su tarea tiene dos caras: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar en cambio aquello que negaban, es decir, la vida, el cuerpo y la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía en su conjunto.
La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.
De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.
El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.
Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.
Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.
Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.
La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.