Departamento deFilosofía
Nietzsche · El crepúsculo de los ídolos

40 · Heráclito y el devenir (2)

Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito. Mientras que el resto del pueblo de los filósofos rechazaba el testimonio de los sentidos porque éstos mostraban pluralidad y cambio, él rechazó su testimonio porque mostraban las cosas como si tuviesen duración y unidad. También Heráclito fue injusto con los sentidos. Éstos no mienten ni del modo como creen los eleatas ni del modo como creía él, -no mienten de ninguna manera. Lo que nosotros hacemos de su testimonio, eso es lo que introduce la mentira, por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la substancia, de la duración… La "razón" es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos. Mostrando el devenir, el perecer, el cambio, los sentidos no mienten… Pero Heráclito tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía. El mundo "aparente" es el único: el "mundo verdadero" no es más que un añadido mentiroso…

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a El crepúsculo de los ídolos, obra breve y de tono combativo en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.

Idea principal 1.1

La idea principal del texto es que los sentidos no mienten nunca, porque «Lo que nosotros hacemos de su testimonio, eso es lo que introduce la mentira». La verdadera mentirosa es la razón, con sus ficciones de unidad, de sustancia y de duración. Y Heráclito tenía en el fondo toda la razón: «El mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es de dónde sale realmente todo el error. ¿Nos engañan acaso a nosotros los sentidos, o nos engaña más bien la razón que interpreta lo que ellos nos traen? De la respuesta depende la distinción entre apariencia y realidad, que es la base misma de toda la metafísica. El problema es epistemológico con claras repercusiones ontológicas: si el error viene de la razón misma y no de los sentidos, desaparece sin más la distinción entre apariencia y realidad.

Comentario del texto 1.2

El texto dialoga aquí, por una vez, con Heráclito, que es el único filósofo al que Nietzsche trata con respeto: «Pongo a un lado, con gran reverencia, el nombre de Heráclito». La comparación que hace resulta muy instructiva: los demás filósofos rechazaban los sentidos «porque éstos mostraban pluralidad y cambio», mientras que Heráclito los rechazó justo por lo contrario, porque mostraban las cosas «como si tuviesen duración y unidad». Unos querían salvar el ser y él quería salvar el devenir, pero los dos acabaron desconfiando de los sentidos.

Nietzsche corrige entonces a los dos por igual, ya que «También Heráclito fue injusto con los sentidos», los cuales, dice, «no mienten de ninguna manera». ¿Dónde está entonces realmente la mentira? En lo que nosotros hacemos después con su testimonio: «por ejemplo la mentira de la unidad, la mentira de la coseidad, de la substancia, de la duración». El error no está, por tanto, en la percepción, sino en la interpretación, porque la razón toma el flujo continuo que perciben los sentidos y lo ordena con unas categorías fijas —cosa, sustancia, unidad, permanencia— que no estaban ahí.

La inversión que aquí hace es total y completa, y esta es la frase clave: «La “razón” es la causa de que nosotros falseemos el testimonio de los sentidos». Al mostrar «el devenir, el perecer, el cambio», los sentidos no mienten en absoluto. Y las comillas que Nietzsche pone sobre «razón» lo dicen ya todo, porque la facultad hasta ahora más venerada resulta ser la gran falsificadora.

La conclusión acaba rehabilitando a Heráclito al menos en lo esencial, pues «tendrá eternamente razón al decir que el ser es una ficción vacía», sin contenido. Y llega entonces la fórmula que dinamita el platonismo entero: «El mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». No hay, pues, dos mundos, sino solo este, el del devenir; y ese supuesto mundo verdadero —las Ideas, el más allá, la cosa en sí— no es más que un invento añadido encima.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Nietzsche defiende que los sentidos no mienten, está ajustando cuentas con toda la tradición filosófica anterior. El texto muestra con precisión dónde está la raíz del error: no en los sentidos, que muestran fielmente el devenir, sino en la razón y en el lenguaje, que imponen sobre él ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso, porque solo existe este mundo.

Y la crítica es además un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se está vengando en el fondo de este. Por eso su tarea tiene dos caras: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar en cambio aquello que negaban, es decir, la vida, el cuerpo y la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Nietzsche 2.2

La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.

Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.

La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.

El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.

De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: la filosofía griega clásica 3.1

El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.

Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.

El autor: Platón 3.2

Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.

La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.

Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.

La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.