Departamento deFilosofía
Nietzsche · El crepúsculo de los ídolos

42 · Lo último y lo primero (4)

La otra idiosincrasia de los filósofos no es menos peligrosa: consiste en confundir lo último y lo primero. Ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final -¡por desgracia!, ¡pues no debería siquiera venir!-, los "conceptos supremos", es decir, los conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora. Una vez más esto es sólo expresión de su modo de venerar: a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada… Moraleja: todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui [causa de sí mismo]. El hecho de proceder de algo distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor. Todos los valores supremos son de primer rango, ninguno de los conceptos supremos, lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto -ninguno de ellos puede haber devenido, por consiguiente tiene que ser causa sui. […] Con esto tienen los filósofos su estupendo concepto "Dios"… Lo último, lo más tenue, lo más vacío es puesto como lo primero, como causa en sí, como ens realissimum [ente realísimo]…

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a El crepúsculo de los ídolos, obra breve y de tono combativo en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.

Idea principal 1.1

La idea principal es que todos los filósofos confunden por completo «lo último y lo primero», porque ponen al comienzo de todo los «conceptos supremos», que en realidad no son más que «los conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora». Y como lo supremo tiene que ser también causa de sí mismo, acaban fabricando así «su estupendo concepto “Dios”».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es de dónde salen realmente los conceptos supremos: el ser, el bien, la verdad, Dios. ¿Son el principio del que arranca la realidad entera o más bien lo que queda de tanto abstraer? Dicho de otro modo: lo más general de todo, ¿es acaso lo más real o más bien lo más vacío? El problema es ontoepistemológico: preguntar si los conceptos supremos son el principio de lo real o más bien el residuo de la abstracción es preguntar a la vez qué existe y cómo pensamos.

Comentario del texto 1.2

El texto describe una verdadera inversión de todo el orden natural, porque los filósofos «ponen al comienzo, como comienzo, lo que viene al final», justamente. ¿Y qué es exactamente lo que viene al final? Los llamados conceptos supremos: «lo existente, lo incondicionado, lo bueno, lo verdadero, lo perfecto», nada menos. Conviene notar bien cómo se obtienen esos conceptos, que es a base de ir quitando contenido, hasta quedarse solo con «los conceptos más generales, los más vacíos, el último humo de la realidad que se evapora». La metáfora del humo está muy bien elegida: cuanto más general es un concepto, menos realidad acaba conteniendo. Y la metafísica corona su edificio entero precisamente con lo más tenue de todo.

¿Y por qué razón se produce esa inversión? No por ningún argumento, sino por un puro prejuicio de veneración, ya que, según ellos, «a lo superior no le es lícito provenir de lo inferior, no le es lícito provenir de nada». Que algo valioso tenga un origen humilde les parece ya un defecto grave: «El hecho de proceder de algo distinto es considerado como una objeción, como algo que pone en entredicho el valor». De ahí sale la moraleja: «todo lo que es de primer rango tiene que ser causa sui», es decir, causa de sí mismo y de nada más.

De todas esas exigencias juntas sale la síntesis final del capítulo: «Con esto tienen los filósofos su estupendo concepto “Dios”», dice el texto. Lo último y lo más vacío queda colocado así como lo primero, «como causa en sí, como ens realissimum», es decir, el ente más real de todos. El humo convertido, sin más, en fundamento del mundo. Y la tarea que Nietzsche anuncia es justamente la contraria: devolver todos los conceptos a su origen terrestre.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Nietzsche llama a los conceptos supremos «el último humo de la realidad que se evapora», está ajustando cuentas con toda la tradición filosófica anterior. El texto muestra con precisión dónde está la raíz del error: no en los sentidos, que muestran fielmente el devenir, sino en la razón y en el lenguaje, que imponen sobre él ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» no es más que un añadido mentiroso, porque solo existe este mundo.

Y la crítica es además un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se está vengando en el fondo de este. Por eso su tarea tiene dos caras: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar en cambio aquello que negaban, es decir, la vida, el cuerpo y la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía en su conjunto.

Síntesis de la filosofía de Nietzsche 2.2

La filosofía de Nietzsche es, ante todo, un vitalismo, lo que significa que el valor más alto es la vida misma y que toda idea, sin excepción, se juzga según la favorezca o la niegue.

Su diagnóstico de fondo es que Occidente se ha construido entero contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero», eterno, perfecto e inmutable, y rebajó este mundo de aquí, el del cuerpo y el cambio, a la condición de simple apariencia. El cristianismo extendió después ese esquema entre la gente corriente, y por eso Nietzsche lo llama «platonismo para el pueblo». La moral tradicional, además, nace según él del resentimiento de los débiles contra todo lo fuerte y vital.

La crítica alcanza también, y muy a fondo, al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— no son más que ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten, porque muestran el cambio tal como es; la que miente es la razón, que lo congela en conceptos fijos. No hay, por tanto, ninguna verdad absoluta: toda verdad es interpretación, un punto de vista al servicio de la vida.

El anuncio central es la muerte de Dios, es decir, la constatación de que la fe que sostenía la verdad, la moral y el sentido de la vida ha perdido toda su fuerza. La consecuencia inmediata es el nihilismo, que puede ser pasivo, si lleva a desesperar o a seguir viviendo de valores ya muertos, o activo, si se aprovecha como ocasión para crear valores nuevos.

De ahí sale su propuesta. El superhombre es aquel que crea sus propios valores, permanece siempre fiel a la tierra y dice sí a la vida entera, incluso a lo más terrible que traiga: esa es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo último de toda vida, el afán de crecer, de superarse y de crear. Y el eterno retorno viene a ser la prueba definitiva de esa afirmación: vivir de tal modo que uno quiera que su vida se repita eternamente.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: la filosofía griega clásica 3.1

El problema que plantea el texto es, en el fondo, una tesis muy concreta sobre la verdad: no existe ninguna verdad absoluta y eterna, y lo que llamamos verdad no es más que una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche rechaza de raíz la concepción que fundó Occidente, la verdad entendida como la adecuación de la razón a lo real.

Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, sostiene que hay una realidad estable, universal y siempre idéntica y que la razón, apartándose de los sentidos, puede llegar a conocerla tal como es en sí misma. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también, en último término, el bien. Esta corriente es precisamente el gran adversario de todo el texto, y su representante máximo es, sin duda, Platón.

El autor: Platón 3.2

Platón sostiene, frente a él, punto por punto, exactamente lo que el texto destruye, porque para él los dos términos de esa adecuación son firmes y seguros. Hay una realidad verdadera, el mundo inteligible de las Ideas, eternas, inmutables y siempre iguales, del que todo lo que percibimos no es más que una copia; y su axioma es justamente el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay además una razón capaz de alcanzarla, porque el alma, apartándose de los sentidos, que solo dan opinión o doxa, asciende poco a poco mediante la dialéctica hasta las Ideas y hasta su fundamento último, la Idea del Bien, causa a la vez del ser y de la verdad.

La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: la adecuación de la razón a lo real, y no un invento de la vida. Es más, y esto es decisivo, la relación entre ambas se invierte por completo, porque para Platón la verdad no depende de la vida, sino que la vida buena depende de la verdad: quien conoce el Bien vive necesariamente bien, y por tanto el saber funda el valor.

Y ese fundamento absoluto es precisamente lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, situado «más allá de la esencia», es el primer sol de toda la cultura occidental, de modo que cuando el hombre loco pregunta qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol, el sol que se ha apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo, sin ninguna modestia, como el anti-Platón.

La confrontación es total y no admite término medio: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.