54 · Perspectiva y verdad
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula, frente a esa tensión, su propia filosofía del punto de vista.
La idea principal del texto es que cada individuo, cada pueblo y cada época perciben solamente una parte de la verdad entera. «La estructura psíquica de cada individuo viene a ser un órgano perceptor» que le permite comprender «ciertas verdades» y le condena a una «inexorable ceguera para otras». Y aun así, «todas las épocas y todos los pueblos han gozado su congrua porción de verdad», es decir, la que les correspondía.
El problema de fondo es que el conocimiento tiene también, él mismo, su historia. Si cada sujeto y cada época captan solo una parte de lo real, ¿significa eso acaso que lo que captan sea falso? ¿Esa limitación nuestra es acaso un defecto del conocer o más bien la condición misma que lo hace posible? El problema es epistemológico con claras repercusiones ontológicas: si un saber parcial puede ser verdadero, entonces estar situado en algún sitio no es un defecto, sino el modo mismo de ser real.
El texto arranca de la comparación fisiológica tomada ya del fragmento anterior: lo que pasa con los colores y con los sonidos pasa igual con las verdades. El ojo y el oído solo registran las ondas que caen dentro de unos límites estrechos, y todo lo que queda fuera sencillamente no existe para nosotros. Pero conviene retener bien el matiz: filtrar no es lo mismo que deformar, y lo que consigue llegar, llega tal como es.
La comparación se aplica primero al caso del individuo. «La estructura psíquica de cada individuo viene a ser un órgano perceptor, dotado de una forma determinada, que permite la comprensión de ciertas verdades y está condenado a inexorable ceguera para otras.» Solo a esas. Cada mente tiene, por así decirlo, su propio espectro de verdades visibles para ella, igual que el ojo tiene el suyo propio de colores.
Después la aplica al terreno de la historia. «Cada pueblo y cada época tienen su alma típica», dice, o sea, «una retícula con mallas de amplitud y perfil definidos» que les da a cada uno «rigorosa afinidad con ciertas verdades e incorregible ineptitud para llegar a ciertas otras». La consecuencia que saca es igualitaria: «todas las épocas y todos los pueblos han gozado su congrua porción de verdad», nada menos. Nadie posee él solo la verdad entera, pero tampoco nadie carece del todo de ella.
De ahí sale el cierre polémico, porque «no tiene sentido que pueblo ni época algunos pretendan oponerse a los demás, como si a ellos les hubiese cabido en el reparto la verdad entera», solo a ellos. Y de ahí sale la conclusión: «Todos tienen su puesto determinado en la serie histórica», cada cual el suyo. Ser real es estar siempre situado, de modo que la limitación no es un defecto del conocimiento, sino más bien la condición que lo hace posible. Con esto la historia deja de ser aquel lugar de castigo que era en Descartes y pasa a ser el despliegue progresivo de la verdad.
Cuando Ortega extiende a los pueblos y las épocas la imagen del órgano perceptor, está formulando el núcleo de su perspectivismo. El texto muestra la solución al viejo dilema: el sujeto ni es transparente ni deforma lo real, sino que selecciona. Cada individuo, cada pueblo y cada época captan de verdad su porción de realidad, de modo que la perspectiva no deforma el mundo, sino que lo organiza. Y la única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible.
Esta doctrina es mucho más que una simple teoría del conocimiento, porque es la base sobre la que descansa todo su pensamiento posterior. Si toda verdad es perspectiva, entonces la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, situada siempre en una vida concreta y en una época concreta. Veamos ahora el sistema completo.
La filosofía de Ortega es lo que él llama raciovitalismo, es decir, el intento de unir de nuevo la razón y la vida, y se resume entera en su fórmula más conocida y repetida: «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad, pero renunciando a la vida, porque inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas y en todos los lugares, que conoce pero no vive; por eso resulta antihistórico. El relativismo hace justamente lo contrario, salva la vida negando la verdad, y con ello se contradice a sí mismo, ya que negar la verdad es afirmar al menos una. Los dos fracasan, y lo hacen por cegueras que se complementan.
La primera pieza de su solución es, como se ha visto, el perspectivismo. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien selectivo, como un cedazo que deja pasar unas cosas y retiene forzosamente otras. Cada vida es un punto de vista único sobre el universo, y cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de la verdad que ningún otro puede captar. La perspectiva, por tanto, forma parte de la realidad misma y no la deforma en absoluto. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible, y la verdad completa no sería otra cosa que la suma articulada de todas las miradas.
La segunda pieza de la solución es la razón vital. No hay por qué elegir entre razón y vida, porque la razón no es sino un instrumento que la vida se da a sí misma para poder orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones vacías, la razón vital piensa desde la vida concreta y desde su propia historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical, es decir, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia que no hemos elegido y tener que hacer algo con ella, de modo que la vida es siempre quehacer y proyecto. El ser humano no tiene naturaleza, lo que tiene es historia. Por eso la razón vital acaba siendo también razón histórica, y cada generación tiene su propia tarea: la nuestra es reconciliar de una vez la razón con la vida.
El problema del texto gira en torno a una determinada idea de la razón: ¿es una facultad pura, ajena por completo a la vida y a la historia, o es más bien una función de la vida misma? La primera respuesta define una corriente muy concreta, el racionalismo moderno.
Corriente dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una sola e idéntica en todos los hombres y en todas las épocas, que su modelo indiscutible es la matemática y que, con el método adecuado, llega a alcanzar verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para conseguirlo tiene que apartar del sujeto que conoce todo lo individual, lo corporal y lo histórico, que es exactamente la posición que el texto viene a combatir. Su fundador y máximo representante es, sin discusión, Descartes, a quien el propio Ortega llama, con toda razón, «padre del moderno racionalismo».
Descartes encarna precisamente esa razón pura que Ortega somete a discusión. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquiera que razone bien y con orden; y para fundarlas somete absolutamente todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta dar por fin con la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido entonces como pura «cosa que piensa», sin cuerpo ninguno y sin mundo alguno, y desde ahí, con la garantía de que Dios no puede engañar, se reconstruye después el saber entero. La razón, bien conducida, no puede equivocarse nunca, porque el error es siempre culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»: de modo que equivocarse y pecar acaban yendo juntos.
Ortega responde a todo esto señalando el alto precio que hay que pagar por esa razón. El sujeto que ese método necesita tiene que ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico», o sea, un «espectro irreal» que conoce pero que no vive. Y su verdad tendría que verse desde «lugar ninguno», que es justamente la utopía racionalista y, según él, «la sola perspectiva falsa». Así, la vida concreta —el cuerpo, la época, la circunstancia— queda expulsada por completo del conocimiento, y la historia se queda sin ningún sentido, reducida a un montón de «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito cartesiano, Ortega opone su propia fórmula, «yo soy yo y mi circunstancia»: lo primero de todo no es una conciencia sin mundo, sino una vida enredada con las cosas, porque «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura propone en su lugar la razón vital, que no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento de la vida, siempre situado e histórico. Donde Descartes parte al ser humano por la mitad en dos sustancias separadas, pensamiento y extensión, Ortega responde sin rodeos que materia y espíritu «son dos mitos», y que lo único radical es la vida misma.