Departamento deFilosofía
Línea ontoepistemológica

Ortega y Gasset

1883 – 1955

Cuatro autores y veinticuatro siglos. Conviene no leerlos como cuatro islas, porque forman una sola conversación. Son cuatro respuestas a la misma pregunta, y ninguna de ellas es inocente respecto de la anterior.

Evolución de los cuatro autores

Platón

Levanta la idea de que hay dos mundos y de que el verdadero no es este.

Descartes

Conserva los dos mundos, pero traslada el suelo firme: ya no está en las Ideas, sino en el sujeto que piensa.

Nietzsche

Derriba el edificio entero y declara que el «mundo verdadero» fue siempre una mentira útil.

Ortega

Sobre ese solar, intenta levantar algo que no sea ni la razón sin vida ni la vida sin razón.

El mundo que vivió

España después del 98: un país que acaba de perder los últimos restos del imperio y se descubre atrasado, gobernado por un turno de partidos que no representa a nadie. Ortega pertenece a la generación que se toma España como problema y que decide que el problema es de nivel —de ciencia, de educación, de rigor.

Y una Europa que se rompe: la Gran Guerra, la crisis de la fe en el progreso, la irrupción de las masas en la vida pública y el auge de los totalitarismos. Su diagnóstico de 1930 —el hombre-masa, el que se cree con todos los derechos y ninguna obligación, el que no quiere dar razones— sigue leyéndose porque sigue describiendo algo.

La vida que llevó

Madrileño, de una familia de periodistas: su padre dirigía El Imparcial y su abuelo materno lo había fundado. Escribir para el público no fue en él una concesión, sino el oficio de casa. Estudió en Alemania, en Marburgo, con los neokantianos, y volvió con la convicción de que España necesitaba ciencia y necesitaba Europa. En 1910, con veintisiete años, ganó la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid.

Fue mucho más que un profesor. Fundó la Revista de Occidente, que trajo a España lo que se pensaba fuera, y el diario El Sol. En 1931 firmó el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República y fue diputado; al poco se apartó, decepcionado, con un artículo que se llamaba «No es esto, no es esto». La guerra lo sorprendió en Madrid y salió al exilio: Francia, Argentina, Portugal. Volvió en 1945 a un país que no era el suyo y fundó un instituto privado, porque a la universidad no regresó.

El problema que afrontó

Un dilema del que parece que hay que elegir una salida, y las dos son malas. La verdad exige ser una e invariable; la vida es cambio e historia.

El relativismo salva la vida y sacrifica la verdad, y al hacerlo se destruye a sí mismo: si nada es verdad, tampoco lo es que nada sea verdad. El racionalismo salva la verdad y sacrifica la vida: inventa un sujeto abstracto, un espectro que conoce pero no vive, y expulsa la historia de la filosofía. Hay que reconciliarlas sin renunciar a ninguna.

La herencia que recibió

Del neokantismo de Marburgo, que le da el rigor y la idea de que la filosofía es trabajo, no ocurrencia. De la fenomenología de Husserl, que le enseña a volver a las cosas mismas y a describir lo que hay antes de teorizarlo. De Dilthey y del historicismo alemán: el hombre no es naturaleza, es historia.

El pasado que rechazó

Contra sus dos maestros, uno detrás de otro. Contra el idealismo, porque no basta con el yo: el yo solo no existe, existe siempre en una situación que no ha elegido. De ahí la frase que todo el mundo cita a medias: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Y contra Husserl, porque la realidad radical no es la conciencia, sino la vida.

Y corta con las dos posiciones del dilema. No elige entre racionalismo y relativismo: dice que los dos son ciegos, y de manera complementaria.

La propuesta que construyó

El perspectivismo. El sujeto ni copia la realidad ni la deforma: la selecciona, como un cedazo. Cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de verdad, y la verdad integral se teje articulando todas ellas. La única perspectiva falsa es la que pretende ser la única.

De ahí sale lo demás. La vida como realidad radical, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir como quehacer: encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella. Y la razón vital, que acaba siendo razón histórica, porque el hombre no tiene naturaleza: tiene historia.

La vigencia que tiene

El perspectivismo es la respuesta más útil que tenemos para la polarización. Ortega dice dos cosas a la vez, y hay que sostener las dos: cada posición capta una porción real de verdad, y la única posición falsa es la que pretende ser la única. Eso no es decir que todo vale —eso sería el relativismo, que él rechaza expresamente—, sino que la verdad completa se teje articulando las visiones, no imponiendo una. Aplicado a un debate público donde cada bando cree tener el mapa entero, es un antídoto exigente: obliga a suponer que el otro ve algo que yo no veo, sin renunciar a que se pueda tener razón.

Su hombre-masa tampoco necesita actualización. Lo definió como el que se cree con todos los derechos y ninguna obligación, el que opina sin haber estudiado y el que no acepta dar razones porque le basta con estar convencido. Cualquiera que se haya asomado a una discusión en redes reconoce el retrato. Ortega no lo dice por desprecio social: no habla de pobres ni de incultos, habla de una actitud, y advierte que abunda especialmente entre gente con títulos.

Y queda su tesis central, que es la más práctica de las cuatro. Nadie elige su circunstancia —ni el país, ni la familia, ni la época, ni el cuerpo—, pero la vida consiste en tener que hacer algo con ella. Contra la idea de que uno se hace a sí mismo desde cero, y contra la contraria, la de que las circunstancias lo determinan todo, Ortega sostiene la única posición sensata: la circunstancia no se elige, la respuesta sí. Por eso el hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Y por eso cada generación, incluida la que está ahora en clase, tiene una tarea que es suya.

Volver a Comentarios