55 · La doctrina del punto de vista
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula, frente a esa tensión, su propia filosofía del punto de vista.
La idea principal del texto arranca de una escena en apariencia muy sencilla: «Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo», dice. Ninguno de los dos ve por eso mismo un paisaje falso, porque «tan real es el uno como el otro». Y la conclusión que saca afecta ya a la realidad misma: «La perspectiva es uno de los componentes de la realidad» misma.
El problema de fondo es qué categoría tiene exactamente eso que llamamos perspectiva. ¿Es la diversidad de las visiones un defecto del conocimiento o más bien una propiedad de lo real? Lo que ahí se decide es si tiene algún sentido siquiera imaginar una realidad que se viera siempre igual desde cualquier punto. El problema es aquí ontológico con derivas epistemológicas: la perspectiva forma parte ella misma de lo real y no del observador, y solo por eso deja de estorbar al conocimiento verdadero.
El texto describe primero la escena con detalle: dos hombres, dos posiciones distintas, un mismo paisaje. Y sin embargo no ven lo mismo, porque «La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera», dice. Aquello que para uno «ocupa el primer término y acusa con vigor todos sus detalles», para el otro, en cambio, «se halla en el último y queda oscuro y borroso», en último término. Ver es siempre, por tanto, ver desde algún sitio, y ese sitio organiza a su modo lo que se ve.
De ahí podrían sacarse todavía dos conclusiones equivocadas, que el texto descarta enseguida. La primera de ellas la rechaza él mismo: «¿Tendría sentido que cada cual declarase falso el paisaje ajeno? Evidentemente, no; tan real es el uno como el otro», responde. Que dos visiones distintas no coincidan no hace falsa a ninguna de las dos.
La segunda conclusión sería declarar ilusorios los dos paisajes precisamente porque no coinciden entre sí. Pero conviene fijarse bien en lo que eso estaría dando por supuesto: que existiría un tercer paisaje auténtico, no sometido a perspectiva alguna. Ese paisaje absoluto sería justamente la ficción que comparten racionalistas y escépticos, porque unos creen poder alcanzarlo y otros desesperan de él, pero los dos por igual lo dan por existente. Ortega lo elimina de raíz.
La conclusión final ya no habla solo del conocimiento, sino de la realidad misma: «La realidad cósmica es tal, que sólo puede ser vista bajo una determinada perspectiva», siempre. Y todavía dice más: «La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización», más bien. La perspectiva no se interpone, pues, entre el sujeto y lo real, sino que es el modo mismo en que lo real se ordena ante cada viviente. El remate del texto es puramente lógico: «Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idéntica es un concepto absurdo», sencillamente. Solo aquello que no existe se ve igual desde todas partes.
Cuando Ortega pone a dos hombres ante el mismo paisaje, está formulando el núcleo de su perspectivismo. El texto muestra la solución al viejo dilema: el sujeto ni es transparente ni deforma lo real, sino que selecciona. Cada individuo, cada pueblo y cada época captan de verdad su porción de realidad, de modo que la perspectiva no deforma el mundo, sino que lo organiza. Y la única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible.
Esta doctrina es mucho más que una simple teoría del conocimiento, porque es la base sobre la que descansa todo su pensamiento posterior. Si toda verdad es perspectiva, entonces la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, situada siempre en una vida concreta y en una época concreta. Veamos ahora el sistema completo.
La filosofía de Ortega es lo que él llama raciovitalismo, es decir, el intento de unir de nuevo la razón y la vida, y se resume entera en su fórmula más conocida y repetida: «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad, pero renunciando a la vida, porque inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas y en todos los lugares, que conoce pero no vive; por eso resulta antihistórico. El relativismo hace justamente lo contrario, salva la vida negando la verdad, y con ello se contradice a sí mismo, ya que negar la verdad es afirmar al menos una. Los dos fracasan, y lo hacen por cegueras que se complementan.
La primera pieza de su solución es, como se ha visto, el perspectivismo. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien selectivo, como un cedazo que deja pasar unas cosas y retiene forzosamente otras. Cada vida es un punto de vista único sobre el universo, y cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de la verdad que ningún otro puede captar. La perspectiva, por tanto, forma parte de la realidad misma y no la deforma en absoluto. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible, y la verdad completa no sería otra cosa que la suma articulada de todas las miradas.
La segunda pieza de la solución es la razón vital. No hay por qué elegir entre razón y vida, porque la razón no es sino un instrumento que la vida se da a sí misma para poder orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones vacías, la razón vital piensa desde la vida concreta y desde su propia historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical, es decir, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia que no hemos elegido y tener que hacer algo con ella, de modo que la vida es siempre quehacer y proyecto. El ser humano no tiene naturaleza, lo que tiene es historia. Por eso la razón vital acaba siendo también razón histórica, y cada generación tiene su propia tarea: la nuestra es reconciliar de una vez la razón con la vida.
El problema del texto gira en torno a una determinada idea de la razón: ¿es una facultad pura, ajena por completo a la vida y a la historia, o es más bien una función de la vida misma? La primera respuesta define una corriente muy concreta, el racionalismo moderno.
Corriente dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una sola e idéntica en todos los hombres y en todas las épocas, que su modelo indiscutible es la matemática y que, con el método adecuado, llega a alcanzar verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para conseguirlo tiene que apartar del sujeto que conoce todo lo individual, lo corporal y lo histórico, que es exactamente la posición que el texto viene a combatir. Su fundador y máximo representante es, sin discusión, Descartes, a quien el propio Ortega llama, con toda razón, «padre del moderno racionalismo».
Descartes encarna precisamente esa razón pura que Ortega somete a discusión. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquiera que razone bien y con orden; y para fundarlas somete absolutamente todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta dar por fin con la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido entonces como pura «cosa que piensa», sin cuerpo ninguno y sin mundo alguno, y desde ahí, con la garantía de que Dios no puede engañar, se reconstruye después el saber entero. La razón, bien conducida, no puede equivocarse nunca, porque el error es siempre culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»: de modo que equivocarse y pecar acaban yendo juntos.
Ortega responde a todo esto señalando el alto precio que hay que pagar por esa razón. El sujeto que ese método necesita tiene que ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico», o sea, un «espectro irreal» que conoce pero que no vive. Y su verdad tendría que verse desde «lugar ninguno», que es justamente la utopía racionalista y, según él, «la sola perspectiva falsa». Así, la vida concreta —el cuerpo, la época, la circunstancia— queda expulsada por completo del conocimiento, y la historia se queda sin ningún sentido, reducida a un montón de «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito cartesiano, Ortega opone su propia fórmula, «yo soy yo y mi circunstancia»: lo primero de todo no es una conciencia sin mundo, sino una vida enredada con las cosas, porque «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura propone en su lugar la razón vital, que no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento de la vida, siempre situado e histórico. Donde Descartes parte al ser humano por la mitad en dos sustancias separadas, pensamiento y extensión, Ortega responde sin rodeos que materia y espíritu «son dos mitos», y que lo único radical es la vida misma.