57 · Cada vida, un punto de vista
El error inveterado consistía en suponer que la realidad tenía por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia. […] Pero es el caso que la realidad, como un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula, frente a esa tensión, su propia filosofía del punto de vista.
La idea principal del texto se condensa en una fórmula ya célebre: «Cada vida es un punto de vista sobre el universo» entero. Lo que cada vida ve «no lo puede ver otra», y por eso mismo cada individuo, pueblo o época viene a ser «un órgano insustituible para la conquista de la verdad». De ahí sale la sentencia final del fragmento: «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única».
El problema de fondo es cómo reconciliar la verdad eterna con la historia. ¿Cómo puede algo intemporal llegar a necesitar del cambio mismo para mostrarse? ¿La sucesión de las épocas estorba a la verdad o es justamente el órgano con que se la va descubriendo? El problema es ontoepistemológico: la verdad no cambia nunca, pero solo se alcanza históricamente, de modo que resolverlo exige decidir a la vez qué es la verdad y qué es propiamente una vida.
El texto abre con la fórmula que resume entero el perspectivismo: «Cada vida es un punto de vista sobre el universo». De la doctrina del cedazo se sigue enseguida que ese punto de vista es insustituible: «En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra». Conviene fijarse aquí en dos detalles. El primero es la triple escala —«persona, pueblo, época»—, señal de que el perspectivismo vale por igual en todos los niveles de la vida. Y el otro es la palabra «órgano»: lo que para el racionalismo era un estorbo pasa aquí a ser instrumento de conocimiento.
De ahí sale enseguida la consecuencia central. La verdad, «que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital» nueva. Es decir, la verdad en sí no cambia, pero conquistarla sí es cosa de la historia: sin «el desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la vida», la verdad quedaría ignorada. La historia no estorba, pues, a la verdad, sino que la va descubriendo poco a poco, a trozos.
Se identifica después «el error inveterado», es decir, el viejo error de siempre: suponer que la realidad tendría «independientemente del punto de vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia», ya fijada. Si existiera de veras ese aspecto absoluto, cualquier visión situada sería falsa por no coincidir con él. Es el paisaje sin perspectiva del texto anterior, que era la raíz común del dogmatismo y del escepticismo. Frente a todo eso, la tesis propia de Ortega: «la realidad, como un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas», todas posibles.
El cierre del fragmento redefine qué es la falsedad: «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única». Ninguna visión es ya falsa por el hecho de ser parcial, y solo cabe ya una única falsedad, la de absolutizar la parte propia. La fórmula tiene además un doble alcance: sirve contra el dogmatismo en el terreno del conocimiento y, en el terreno moral, contra quien desprecia las demás miradas.
Cuando Ortega afirma que «cada vida es un punto de vista sobre el universo», está formulando el núcleo de su perspectivismo. El texto muestra la solución al viejo dilema: el sujeto ni es transparente ni deforma lo real, sino que selecciona. Cada individuo, cada pueblo y cada época captan de verdad su porción de realidad, de modo que la perspectiva no deforma el mundo, sino que lo organiza. Y la única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible.
Esta doctrina es mucho más que una simple teoría del conocimiento, porque es la base sobre la que descansa todo su pensamiento posterior. Si toda verdad es perspectiva, entonces la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, situada siempre en una vida concreta y en una época concreta. Veamos ahora el sistema completo.
La filosofía de Ortega es lo que él llama raciovitalismo, es decir, el intento de unir de nuevo la razón y la vida, y se resume entera en su fórmula más conocida y repetida: «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad, pero renunciando a la vida, porque inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas y en todos los lugares, que conoce pero no vive; por eso resulta antihistórico. El relativismo hace justamente lo contrario, salva la vida negando la verdad, y con ello se contradice a sí mismo, ya que negar la verdad es afirmar al menos una. Los dos fracasan, y lo hacen por cegueras que se complementan.
La primera pieza de su solución es, como se ha visto, el perspectivismo. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien selectivo, como un cedazo que deja pasar unas cosas y retiene forzosamente otras. Cada vida es un punto de vista único sobre el universo, y cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de la verdad que ningún otro puede captar. La perspectiva, por tanto, forma parte de la realidad misma y no la deforma en absoluto. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible, y la verdad completa no sería otra cosa que la suma articulada de todas las miradas.
La segunda pieza de la solución es la razón vital. No hay por qué elegir entre razón y vida, porque la razón no es sino un instrumento que la vida se da a sí misma para poder orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones vacías, la razón vital piensa desde la vida concreta y desde su propia historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical, es decir, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia que no hemos elegido y tener que hacer algo con ella, de modo que la vida es siempre quehacer y proyecto. El ser humano no tiene naturaleza, lo que tiene es historia. Por eso la razón vital acaba siendo también razón histórica, y cada generación tiene su propia tarea: la nuestra es reconciliar de una vez la razón con la vida.
El problema del texto gira en torno a una determinada idea de la razón: ¿es una facultad pura, ajena por completo a la vida y a la historia, o es más bien una función de la vida misma? La primera respuesta define una corriente muy concreta, el racionalismo moderno.
Corriente dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una sola e idéntica en todos los hombres y en todas las épocas, que su modelo indiscutible es la matemática y que, con el método adecuado, llega a alcanzar verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para conseguirlo tiene que apartar del sujeto que conoce todo lo individual, lo corporal y lo histórico, que es exactamente la posición que el texto viene a combatir. Su fundador y máximo representante es, sin discusión, Descartes, a quien el propio Ortega llama, con toda razón, «padre del moderno racionalismo».
Descartes encarna precisamente esa razón pura que Ortega somete a discusión. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquiera que razone bien y con orden; y para fundarlas somete absolutamente todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta dar por fin con la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido entonces como pura «cosa que piensa», sin cuerpo ninguno y sin mundo alguno, y desde ahí, con la garantía de que Dios no puede engañar, se reconstruye después el saber entero. La razón, bien conducida, no puede equivocarse nunca, porque el error es siempre culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»: de modo que equivocarse y pecar acaban yendo juntos.
Ortega responde a todo esto señalando el alto precio que hay que pagar por esa razón. El sujeto que ese método necesita tiene que ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico», o sea, un «espectro irreal» que conoce pero que no vive. Y su verdad tendría que verse desde «lugar ninguno», que es justamente la utopía racionalista y, según él, «la sola perspectiva falsa». Así, la vida concreta —el cuerpo, la época, la circunstancia— queda expulsada por completo del conocimiento, y la historia se queda sin ningún sentido, reducida a un montón de «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito cartesiano, Ortega opone su propia fórmula, «yo soy yo y mi circunstancia»: lo primero de todo no es una conciencia sin mundo, sino una vida enredada con las cosas, porque «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura propone en su lugar la razón vital, que no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento de la vida, siempre situado e histórico. Donde Descartes parte al ser humano por la mitad en dos sustancias separadas, pensamiento y extensión, Ortega responde sin rodeos que materia y espíritu «son dos mitos», y que lo único radical es la vida misma.