9 · El Bien, más allá del ser
—Hablas de una belleza extraordinaria, puesto que produce la ciencia y la verdad, y además está por encima de ellas en cuanto a hermosura. Sin duda, no te refieres al placer.
—¡Dios nos libre! Más bien prosigue examinando nuestra comparación.
—¿De qué modo?
—Pienso que puedes decir que el sol no sólo aporta a lo que se ve la propiedad de ser visto, sino también la génesis, el crecimiento y la nutrición, sin ser él mismo génesis.
—Claro que no.
—Y así dirás que a las cosas cognoscibles les viene del Bien no sólo el ser conocidas, sino también de él les llega el existir y la esencia, aunque el Bien no sea esencia, sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y a potencia.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a la República, obra en la que Platón se pregunta qué es la justicia y expone al hacerlo, de pasada, las bases de su idea de la realidad y del conocimiento.
La idea principal es que el Bien es la causa suprema de todo, porque es él quien aporta la verdad a las cosas y otorga además a quien conoce el poder mismo de conocer. Da también a las propias Ideas «el existir y la esencia». Y él está por encima de todo ello: «no es esencia, sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y a potencia».
El problema de fondo es si existe realmente un fundamento absoluto. ¿Hay acaso un principio primero del que dependan a la vez la existencia de las cosas, su verdad y su valor? Es la pregunta por lo incondicionado, es decir, por aquello que no depende de nada, y recorre entera toda la historia de la metafísica. El problema es ontológico con derivas epistemológicas: se pregunta por un principio primero del ser, del que la verdad y la cognoscibilidad no son más que una consecuencia.
El texto termina aquí de explicar la comparación con el sol, esta vez desde el terreno del conocimiento. El Bien aporta la verdad a las cosas conocidas y el poder de conocer a quien las conoce, y actúa por tanto exactamente igual que la luz, que hace visibles los colores y a la vez permite al ojo ver. Por eso es a la vez causa de la ciencia y de la verdad, aunque no haya que confundirlo nunca del todo con ellas: ambas son bellas, desde luego, y el Bien es «algo distinto y más bello». Igual que la vista no es el sol, tampoco la ciencia llega a ser el Bien.
Hay aquí, de paso, un pequeño detalle que conviene notar, porque Glaucón comenta que sin duda no se refiere al placer y Sócrates lo rechaza de plano. Queda descartado así, una vez más, el hedonismo, que pone el bien máximo del hombre en el placer.
La comparación se amplía después, un paso más, al terreno mismo de la existencia. El sol no solo hace visibles todas las cosas, sino que les da la génesis, el crecimiento y la nutrición sin ser él mismo ninguna génesis; del mismo modo, a las cosas cognoscibles les viene del Bien no solo el hecho de ser conocidas, sino también «el existir y la esencia». El Bien no permite únicamente llegar a conocer las Ideas: es además la causa de que existan.
Y entonces llega por fin la frase que lo corona todo, porque el Bien «no es esencia, sino algo que se eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y a potencia». El principio supremo está así por encima incluso de la realidad entera que él mismo sostiene. Esta fórmula tuvo después una influencia verdaderamente enorme en la filosofía posterior, por ejemplo en el neoplatonismo, y con ella el sistema de Platón acaba coronado en un principio absoluto que es a la vez fuente de realidad, de verdad y de todo valor.
Cuando Platón sitúa el Bien «más allá de la esencia», está poniendo la última pieza de su sistema. El texto ha mostrado con claridad que el Bien es la base del valor, de la verdad y de la existencia misma. Sin conocerlo ningún saber sirve de nada, y quien aspire a gobernar tendrá que conocerlo primero. Eso no es una afirmación aislada, sino la cima misma del mundo de las Ideas.
Ahora bien, una cima solo se entiende viendo el edificio entero: dos mundos, el sensible y el inteligible; dos formas de conocer, la opinión y la ciencia; dos realidades en el ser humano, el cuerpo y el alma; y, al final, una conclusión política, la de que debe gobernar quien conozca el Bien. Conviene exponer ese sistema completo.
La filosofía de Platón nace de dos golpes muy concretos. Los sofistas enseñaban que no hay verdades firmes, sino que cada cual tiene la suya, y a eso se lo llama relativismo; además, Atenas condenó a muerte a Sócrates, su maestro. De ahí su objetivo: encontrar un saber seguro que sirva de base para vivir bien y para gobernar con acierto.
El centro de su filosofía es la teoría de las Ideas, según la cual la realidad se parte en dos mitades muy desiguales. El mundo sensible es el que se ve y se toca: material, cambiante, imperfecto, una simple copia de otra cosa. El mundo inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas y eternas que no cambian nunca ni se corrompen, como la Belleza misma o la Justicia misma. Las cosas de aquí abajo son lo que son porque imitan a esas Ideas, y a esa imitación Platón la llama participar. En lo más alto de todo está la Idea del Bien, que da existencia y verdad a lo demás igual que el sol da luz y vida a cuanto crece.
A cada mundo le corresponde un tipo de saber. Del sensible solo cabe opinión, en griego doxa, que puede fallar y que varía de unos a otros. Del inteligible cabe ciencia, episteme, con dos grados: el razonamiento de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Y conocer es en el fondo acordarse, porque el alma vio las Ideas antes de nacer: eso es la reminiscencia.
El ser humano queda dividido igual, en un alma inmortal y un cuerpo mortal que la ata a lo sensible y la estorba. El alma tiene tres partes —racional, irascible y concupiscible—, cuyo buen funcionamiento da tres virtudes: la sabiduría, el valor y la templanza. Del orden entre esas tres partes nace la justicia.
La política repite exactamente el mismo esquema. La ciudad justa tiene tres clases —gobernantes, guardianes y productores—, cada una con su tarea propia, y debe mandar quien conoce el Bien, es decir, el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el largo ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema que plantea el texto lleva a una pregunta mayor: qué es la verdad. Para Platón la verdad es la adecuación de la razón a lo real, porque la razón se aparta de los sentidos y de sus engaños y alcanza aquello que de verdad existe, que son las Ideas, eternas y siempre iguales a sí mismas. Y esa adecuación se apoya en algo previo y más hondo. En Platón la verdad no es solo una cualidad de lo que decimos, sino también de lo que hay: unas cosas son más verdaderas que otras porque son más reales. Por eso puede afirmar que las Ideas tienen más verdad que las copias que percibimos, y por eso la línea separa sus secciones «en cuanto a su verdad y no verdad». De ahí sus tres rasgos: es una sola, vale para todos los hombres y no cambia nunca. Y no es una idea solo suya, sino que define a toda la filosofía griega clásica.
Frente a ella aparece en el siglo XIX el vitalismo, que rompe de arriba abajo el esquema entero. Para el vitalismo no existe ninguna realidad eterna esperando en algún sitio a ser encontrada, porque la realidad es vida, cambio, un fluir continuo que no se detiene nunca. Y la razón no es un espejo que refleje lo real, sino una herramienta que la vida se da a sí misma para orientarse. Así, la verdad deja de ser algo que se halla y pasa a ser una creación de la vida. Su representante más radical es, sin duda, Nietzsche.
Nietzsche niega las dos piezas que sostienen esa adecuación, la realidad y la razón. Empieza por negar que existan dos mundos distintos: el de las Ideas sencillamente no está ahí, y lo real es el cambio continuo que muestran los sentidos, no lo eterno e inmóvil que promete la razón. Y niega después el papel de la razón, porque, lejos de encontrar la realidad, lo que hace es falsearla. Los sentidos no mienten nunca; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos e inmóviles como sustancia, identidad o ser. Por eso llama a las Ideas «momias conceptuales», y la imagen está muy bien elegida: algo que estaba vivo, secado y vendado para que dure siempre.
La verdad, entonces, ya no es adecuación alguna, sino una ficción útil que nació como un conjunto de errores que ayudaban a vivir y que acabaron pareciendo evidentes. De ahí que preguntar por la verdad sea en realidad preguntar otra cosa: qué clase de vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, según Nietzsche, una vida débil y cansada, incapaz de soportar el cambio, que se venga de él imaginando otro mundo mejor.
El choque alcanza también al alma, porque para Platón conocer es recordar lo que el alma inmortal vio antes de nacer, y la razón nos emparenta directamente con lo divino. Nietzsche le da la vuelta al asunto: venimos del cuerpo y de sus impulsos, y el alma separable no es más que la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente a la subida platónica hacia el Bien, él propone la fidelidad a la tierra: decir que sí al cambio entero, incluso a lo más terrible que traiga. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido, el mismo esquema platónico puesto exactamente del revés.