1 · Lo igual en sí y las Ideas
—Lo decimos, ¡por Zeus! –dijo Simmias–, y de manera rotunda.
—¿Es que, además, sabemos lo que es?
—Desde luego que sí –repuso él.
—¿De dónde, entonces, hemos obtenido ese conocimiento? ¿No, por descontado, de las cosas que ahora mismo mencionábamos, de haber visto maderos o piedras o algunos otros objetos iguales, o a partir de esas cosas lo hemos intuido, siendo diferente a ellas? ¿O no te parece que es algo diferente? Examínalo con este enfoque. ¿Acaso piedras que son iguales y leños que son los mismos no le parecen algunas veces a uno iguales, y a otro no?
—En efecto, así pasa.
—¿Qué? ¿Las cosas iguales en sí mismas es posible que se te muestren como desiguales, o la igualdad aparecerá como desigualdad?
—Nunca jamás, Sócrates.
—Por lo tanto, no es lo mismo –dijo él– esas cosas iguales y lo igual en sí.
Nos encontramos ante un texto del Fedón, obra en la que Platón reflexiona sobre la inmortalidad del alma y la distinción entre el mundo sensible y el mundo inteligible.
La idea principal es que existen las Ideas. Además de las cosas iguales que vemos, existe «lo igual en sí mismo», que «subsiste al margen de todos esos objetos». Las cosas sensibles parecen iguales a unos y desiguales a otros. Lo igual en sí, en cambio, nunca parece desigual. Las Ideas son, por tanto, una realidad distinta y superior.
El problema filosófico de fondo es el problema de la realidad y del conocimiento. ¿Qué es lo verdaderamente real? ¿Podemos conocerlo? Si los sentidos solo muestran cosas cambiantes y contradictorias, cabe preguntarse si existe otra realidad estable que sirva de fundamento al saber.
El texto avanza mediante preguntas y respuestas. Es el método socrático. Sócrates parte del lenguaje: «decimos que existe algo igual». Y aclara enseguida que no habla de «un madero igual a otro madero ni de una piedra con otra piedra». Habla de «algo distinto, que subsiste al margen de todos esos objetos, lo igual en sí mismo». Esta es la tesis central: la Idea existe separada de las cosas. Aquí está la base del dualismo platónico, que distingue el mundo sensible y el mundo inteligible.
Después llega el argumento que apoya la tesis. Lo sensible es contradictorio. Las piedras y los leños iguales «le parecen algunas veces a uno iguales, y a otro no». Con la Idea no ocurre esto. Lo igual en sí jamás se muestra desigual: «Nunca jamás, Sócrates», responde Simmias. La conclusión es clara: «no es lo mismo esas cosas iguales y lo igual en sí». Lo sensible es relativo y cambiante. La Idea es única y estable. Por eso solo la Idea puede conocerse de verdad (episteme). De las cosas solo cabe opinión (doxa).
El final del fragmento añade algo importante. Ya sabemos qué es lo igual: «¿sabemos lo que es? —Desde luego que sí». Pero ese saber no viene de los sentidos. Por eso Sócrates pregunta: «¿De dónde, entonces, hemos obtenido ese conocimiento?». La pregunta queda abierta. Prepara la teoría de la reminiscencia, que el diálogo desarrolla a continuación. En resumen, el texto muestra el movimiento típico del platonismo: de la insuficiencia de lo sensible a la afirmación de las Ideas como fundamento.
Cuando Platón habla en el Fedón de «lo igual en sí», está apuntando mucho más allá del pasaje. Si los sentidos solo muestran cosas imperfectas y, aun así, conocemos lo perfecto, ese saber tuvo que adquirirse antes de nacer. Y si el alma conoció antes de nacer, existió antes que el cuerpo. El texto une así conocimiento y alma.
Para que todo esto funcione hacen falta dos mundos: el sensible, que percibimos, y el inteligible, que el alma contempló. Y dos realidades en el hombre: cuerpo mortal y alma inmortal. Es decir, el texto presupone el sistema entero de Platón, que conviene exponer ahora.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.