33 · §125 · «Dios ha muerto»
Nos encontramos ante un texto de La gaya ciencia, obra en la que Nietzsche critica la tradición metafísica y moral occidental y anuncia la muerte de Dios.
La idea principal es que la muerte de Dios exige transformar al hombre: «¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses para aparecer dignos de él?». Pero el acontecimiento aún no se ha comprendido: «Llego demasiado pronto..., este acontecimiento tremendo está todavía en camino».
El problema filosófico de fondo es la respuesta al vacío de fundamento. Destruido lo absoluto, ¿quién crea ahora el valor y el sentido? La alternativa es dura: o un nihilismo pasivo que vive de espaldas al vacío, o un hombre elevado a creador de valores.
El texto empieza con las preguntas sobre la expiación. «¿Cómo podemos consolarnos, asesinos de asesinos?» Hemos matado «lo más santo y poderoso que ha habido en el mundo». «¿Quién nos limpia de esta sangre? ¿Con qué agua podríamos limpiarnos? ¿Qué fiestas expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar?» El lenguaje religioso se vuelve contra la religión. El deicidio exige ritos nuevos. Una cultura nueva.
La respuesta apunta muy alto: «La grandeza de este acto, ¿no es demasiado grande para nosotros? ¿No hemos de convertirnos nosotros mismos en dioses para aparecer dignos de él?». O el hombre ocupa el lugar creador que ha quedado vacío, o el vacío lo aplasta. Aquí se anticipa la idea del superhombre. Y la historia queda partida en dos: quienes nazcan después pertenecerán «a una historia más grande que toda historia hasta ahora habida».
Luego el loco fracasa. Sus oyentes callan y lo miran extrañados. Él arroja la linterna al suelo y reconoce: «Llego demasiado pronto». El acontecimiento «está todavía en camino». La comparación lo explica: «el rayo y el trueno requieren tiempo, la luz de los astros requiere tiempo». Los grandes hechos tardan en verse, incluso después de cometidos. La fe ya ha muerto. Pero sus consecuencias aún no se notan. Y lo más irónico: «¡han sido ellos quienes lo cometieron!». Los ateos burlones son asesinos que ignoran su crimen.
El cierre es sarcástico. El loco entra en las iglesias y canta un réquiem por Dios. Su justificación: «¿qué entonces son aún estas iglesias sino las tumbas y monumentos fúnebres de Dios?». La religión sigue en pie, pero como cadáver institucional. En el loco se retrata Nietzsche: el pensador que llega antes de tiempo.
Cuando el loco pregunta si no habremos de convertirnos en dioses, Nietzsche está anunciando el acontecimiento central de su filosofía. El texto nos ha mostrado sus dos caras. La fe que sostenía a Occidente ha perdido su fuerza, y con ella se tambalean la verdad, la moral y el sentido: es el nihilismo. Pero también se abre el «mar abierto»: la posibilidad de crear valores nuevos.
Ahora bien, «Dios» no es solo el Dios cristiano. Es todo el mundo suprasensible inventado desde Platón: las Ideas, la verdad eterna, el bien en sí. La muerte de Dios es el final de esa larga historia, que Nietzsche diagnostica y quiere invertir. Veamos su filosofía en conjunto.
La filosofía de Nietzsche es un vitalismo: el valor supremo es la vida, y toda idea se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico es que Occidente se ha construido contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero» —eterno, racional, perfecto— y degradó este mundo, el del cuerpo y el devenir, a mera apariencia. El cristianismo popularizó ese esquema: es un «platonismo para el pueblo». Y la moral tradicional nace, según su genealogía, del resentimiento de los débiles contra lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— son ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten: muestran el devenir. Miente la razón que lo congela en conceptos fijos. No hay verdad absoluta: toda verdad es interpretación, perspectiva al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios: la fe que fundamentaba la verdad, la moral y el sentido ha perdido su fuerza. La consecuencia es el nihilismo. Puede ser pasivo —desesperar, o seguir viviendo de valores muertos— o activo: la ocasión de crear valores nuevos.
De ahí su propuesta. El superhombre es el que crea sus propios valores, fiel a la tierra, y dice sí a la vida entera, incluso a lo terrible: es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo de toda vida: afán de crecer, superarse y crear. Y el eterno retorno es la prueba suprema de la afirmación: vivir de tal modo que quieras que tu vida se repita eternamente.
El problema planteado en el texto es, en el fondo, una tesis sobre la verdad: no existe una verdad absoluta y eterna; lo que llamamos verdad es una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche está rechazando la concepción de la verdad que fundó Occidente: la verdad como encuentro entre la razón y la realidad. Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, entiende que hay una realidad estable y universal, y que la razón, apartándose de los sentidos, puede conocerla tal como es. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también el bien. Esta corriente es el gran adversario de todo el texto. Y su representante máximo es Platón.
Platón sostiene, punto por punto, lo que el texto destruye. Para él, los dos términos del encuentro son firmes. Hay una realidad verdadera: el mundo inteligible de las Ideas, eternas e inmutables, del que lo sensible es solo copia. Su axioma es el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay una razón capaz de alcanzarla: apartándose de los sentidos —que solo dan opinión (doxa)—, el alma asciende mediante la dialéctica hasta las Ideas y su fundamento, la Idea del Bien, causa del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: encuentro de la razón con lo real, no invento de la vida. Es más: para Platón la relación se invierte. La verdad no depende de la vida; la vida buena depende de la verdad. Quien conoce el Bien vive bien; el saber funda el valor.
Ese fundamento absoluto es lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, «más allá de la esencia», es el primer «sol» de Occidente: cuando el hombre loco pregunta «¿qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?», el sol apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo como el anti-Platón.
La confrontación es total: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.