43 · Error y apariencia (5)
Nos encontramos ante un texto de El crepúsculo de los ídolos, obra en la que Nietzsche critica los grandes errores de la filosofía occidental y reivindica la vida y los sentidos.
La idea principal es que el error del ser no está en los sentidos, sino en el lenguaje. La «metafísica del lenguaje» es un «fetichismo grosero» que «ve en todas partes agentes y acciones»: cree en la voluntad como causa, cree en el «yo» como sustancia, y proyecta esa creencia sobre las cosas.
El problema filosófico de fondo es la relación entre lenguaje y pensamiento. ¿Pensamos la realidad o pensamos nuestra gramática? ¿Describen el mundo las categorías de la razón? ¿O solo reproducen la estructura de nuestras frases?
El texto plantea primero una situación extraña. Sabemos dónde está el error. Y aun así caemos en él: «el prejuicio de la razón nos fuerza a asignar unidad, identidad, duración, substancia, causa..., nos vemos en cierto modo cogidos en el error, necesitados al error». Las categorías se nos imponen. ¿De dónde viene esa fuerza? Del lenguaje. El lenguaje nació en «la época de la forma más rudimentaria de psicología». Sus presupuestos son un «fetichismo grosero». Y ese fetichismo es, «dicho con claridad», la razón misma.
¿Cómo funciona? El texto lo detalla. La gramática «ve en todas partes agentes y acciones». Toda frase tiene sujeto y verbo: alguien hace algo. De ahí salen las ficciones. «Cree que la voluntad es la causa en general.» «Cree en el “yo”, cree que el yo es un ser, que el yo es una substancia.» Y luego «proyecta sobre todas las cosas la creencia en la substancia-yo»: «así es como crea el concepto “cosa”». El orden es revelador. Primero nos inventamos como sujetos estables. Después llenamos el mundo de copias de esa ficción. «Del concepto “yo” es del que se sigue, como derivado, el concepto “ser”.»
La comparación del inicio lo resume. En el movimiento aparente de los astros, «el error tiene como abogado permanente a nuestro ojo; aquí, a nuestro lenguaje». El ojo nos hizo geocéntricos. La gramática nos hace metafísicos. La crítica llega así a su nivel más hondo. No basta rehabilitar los sentidos. Hay que sospechar de la sintaxis con que pensamos. El texto siguiente sacará la conclusión: mientras creamos en la gramática, seguiremos creyendo en Dios.
Cuando Nietzsche denuncia el fetichismo de la gramática, está ajustando cuentas con toda la tradición. El texto nos ha mostrado la raíz del error: no está en los sentidos, que muestran el devenir, sino en la razón y el lenguaje, que imponen ficciones como la sustancia, el yo o el ser. El «mundo verdadero» es un añadido mentiroso: solo existe este mundo.
Y la crítica es también un diagnóstico vital: quien inventa otro mundo mejor se venga de este. Por eso su tarea es doble: destruir los ídolos —Dios, el ser, la moral— y afirmar lo que negaban: la vida, el cuerpo, la tierra. Conviene exponer ahora su filosofía completa.
La filosofía de Nietzsche es un vitalismo: el valor supremo es la vida, y toda idea se juzga según la favorezca o la niegue.
Su diagnóstico es que Occidente se ha construido contra la vida. Platón inventó un «mundo verdadero» —eterno, racional, perfecto— y degradó este mundo, el del cuerpo y el devenir, a mera apariencia. El cristianismo popularizó ese esquema: es un «platonismo para el pueblo». Y la moral tradicional nace, según su genealogía, del resentimiento de los débiles contra lo fuerte y vital.
La crítica alcanza también al conocimiento. Las categorías de la razón —sustancia, causa, yo, ser— son ficciones útiles que el lenguaje nos impone. Los sentidos no mienten: muestran el devenir. Miente la razón que lo congela en conceptos fijos. No hay verdad absoluta: toda verdad es interpretación, perspectiva al servicio de la vida.
El anuncio central es la muerte de Dios: la fe que fundamentaba la verdad, la moral y el sentido ha perdido su fuerza. La consecuencia es el nihilismo. Puede ser pasivo —desesperar, o seguir viviendo de valores muertos— o activo: la ocasión de crear valores nuevos.
De ahí su propuesta. El superhombre es el que crea sus propios valores, fiel a la tierra, y dice sí a la vida entera, incluso a lo terrible: es la actitud dionisíaca. La voluntad de poder es el fondo de toda vida: afán de crecer, superarse y crear. Y el eterno retorno es la prueba suprema de la afirmación: vivir de tal modo que quieras que tu vida se repita eternamente.
El problema planteado en el texto es, en el fondo, una tesis sobre la verdad: no existe una verdad absoluta y eterna; lo que llamamos verdad es una construcción al servicio de la vida. Al negarla, Nietzsche está rechazando la concepción de la verdad que fundó Occidente: la verdad como encuentro entre la razón y la realidad. Esa concepción pertenece a la filosofía griega clásica, la corriente que, de Parménides a Aristóteles, entiende que hay una realidad estable y universal, y que la razón, apartándose de los sentidos, puede conocerla tal como es. La verdad resulta así una, eterna e inmutable, y de ella depende también el bien. Esta corriente es el gran adversario de todo el texto. Y su representante máximo es Platón.
Platón sostiene, punto por punto, lo que el texto destruye. Para él, los dos términos del encuentro son firmes. Hay una realidad verdadera: el mundo inteligible de las Ideas, eternas e inmutables, del que lo sensible es solo copia. Su axioma es el que Nietzsche cita para demolerlo: «lo que es no deviene; lo que deviene no es». Y hay una razón capaz de alcanzarla: apartándose de los sentidos —que solo dan opinión (doxa)—, el alma asciende mediante la dialéctica hasta las Ideas y su fundamento, la Idea del Bien, causa del ser y de la verdad.
La verdad es, pues, exactamente lo que Nietzsche niega: encuentro de la razón con lo real, no invento de la vida. Es más: para Platón la relación se invierte. La verdad no depende de la vida; la vida buena depende de la verdad. Quien conoce el Bien vive bien; el saber funda el valor.
Ese fundamento absoluto es lo que muere con la muerte de Dios. El Bien platónico, «más allá de la esencia», es el primer «sol» de Occidente: cuando el hombre loco pregunta «¿qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?», el sol apagado es el de Platón. Por eso Nietzsche llama al cristianismo «platonismo para el pueblo» y se presenta a sí mismo como el anti-Platón.
La confrontación es total: verdad hallada o verdad creada; ser o devenir; el alma contra el cuerpo o el cuerpo como gran razón; ascenso al Bien o fidelidad a la tierra.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.