47 · Crítica del relativismo
Nos encontramos ante un texto de El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega y Gasset reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula su filosofía del punto de vista.
La idea principal es que el relativismo fracasa. Primero, se contradice: «si no existe la verdad, no puede el relativismo tomarse a sí mismo en serio». Segundo, mutila la vida: «la fe en la verdad es un hecho radical de la vida humana». En conclusión, «el escepticismo... es una teoría suicida».
El problema filosófico de fondo es la posibilidad del conocimiento. ¿Se puede sostener con coherencia que no hay verdad? Toda negación universal de la verdad choca con una paradoja: pretende ser, ella misma, verdadera.
El texto refuta al relativismo por dos caminos. El primero es lógico. La tesis «no existe la verdad» pretende ser verdadera. Si lo es, existe al menos una verdad. Y la tesis se contradice. Si no lo es, no hay por qué aceptarla. Ortega lo resume con una fórmula brillante: «el relativismo es, a la postre, escepticismo, y el escepticismo, justificado como objeción a toda teoría, es una teoría suicida». El escepticismo sirve para criticar. Pero se mata a sí mismo al convertirse en doctrina.
El segundo camino es vital. Y es el más orteguiano. «La fe en la verdad es un hecho radical de la vida humana.» Vivir es orientarse por convicciones que tenemos por verdaderas. ¿Qué pasa si amputamos esa fe? Que la vida queda «convertida en algo ilusorio y absurdo». Incluso «la amputación misma que ejecutamos carecerá de sentido y valor». Aquí está la ironía: el relativismo quería ser fiel a la vida. Y acaba mutilando la vida que defendía.
Con todo, Ortega es justo con el adversario. Al relativismo lo inspira «un noble ensayo de respetar la admirable volubilidad propia a todo lo vital». Ve algo real: la movilidad de la vida, que el racionalismo ignora. Su fallo es creer que respetar la vida exige sacrificar la verdad. «Pero es un ensayo fracasado.»
La cita final de Herbart cierra con humor: «todo buen principiante es un escéptico, pero todo escéptico es sólo un principiante». Dudar está bien para empezar. Quedarse en la duda es no madurar. El texto deja lista la siguiente etapa: examinar al otro contendiente, el racionalismo, que fracasa por el defecto contrario.
Cuando Ortega llama al escepticismo «teoría suicida», está despejando el camino hacia su propia filosofía. El texto nos ha mostrado el dilema: la verdad exige ser una e invariable, pero la vida es cambio e historia. El relativismo sacrifica la verdad y se suicida como teoría. El racionalismo sacrifica la vida e inventa un sujeto abstracto que conoce pero no vive.
Ambos fracasan por lo mismo: creen que hay que elegir entre verdad y vida. Ortega niega esa disyuntiva. Su solución tiene dos piezas: el perspectivismo —toda verdad se conquista desde un punto de vista— y la razón vital, una razón que vive en la historia. Conviene exponer su filosofía en conjunto.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.