49 · El racionalismo es antihistórico
Nos encontramos ante un texto de El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega y Gasset reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula su filosofía del punto de vista.
La idea principal es que el racionalismo no puede explicar la historia: «no se comprende por qué la razón no ha descubierto, desde luego, el universo de las verdades. ¿Cómo es que tarda tanto?». Para el racionalismo, «la historia... carece de sentido»: «el racionalismo es antihistórico».
El problema filosófico de fondo es el sentido de la historia para una razón intemporal. Si todos los hombres tienen la misma razón, ¿por qué la humanidad ha vivido milenios en el error y en el desacuerdo? Una teoría del conocimiento que no explica la variación histórica muestra ahí su límite.
El texto se construye con preguntas retóricas. Si la razón es una e idéntica en todos, ¿por qué tarda tanto en descubrir la verdad? ¿Cómo permite «que la humanidad se entretenga milenariamente en sestear abrazada a los más varios errores»? ¿Cómo se explica «la muchedumbre de opiniones y de gustos» según «las edades, las razas, los individuos»? El racionalismo no tiene respuesta. Desde su punto de vista, la historia «carece de sentido». Es solo «la historia de los estorbos puestos a la razón para manifestarse». Toda la variedad humana —épocas, pueblos, culturas— queda degradada a obstáculo. De ahí el veredicto: «el racionalismo es antihistórico».
La prueba es Descartes, «padre del moderno racionalismo». En su sistema, la historia «no tiene acomodo o, más bien, queda situada en un lugar de castigo». Ortega cita la Meditación cuarta: «todo lo que la razón concibe... lo concibe según es debido, y no es posible que yerre. ¿Dónde, pues, nacen mis errores?». La respuesta de Descartes: nacen de la voluntad, que es «mucho más amplia y extensa que el entendimiento» y «escoge lo falso como verdadero y el mal por el bien». Y concluye: «ésta es la causa de que me equivoque y peque».
Fijémonos en la última palabra. Equivocarse y pecar van juntos. Para Descartes, el error no es un fenómeno histórico o vital. Es una culpa moral de la voluntad. La diversidad de opiniones humanas no enseña nada: es pecado. Frente a esta condena, Ortega defenderá lo contrario. Cada época no es un estorbo de la razón. Es un órgano de verdad. Con esto se cierra la doble crítica: el relativismo se suicida; el racionalismo vive de espaldas a la realidad humana.
Cuando Ortega acusa al racionalismo de ser antihistórico, está despejando el camino hacia su propia filosofía. El texto nos ha mostrado el dilema: la verdad exige ser una e invariable, pero la vida es cambio e historia. El relativismo sacrifica la verdad y se suicida como teoría. El racionalismo sacrifica la vida e inventa un sujeto abstracto que conoce pero no vive.
Ambos fracasan por lo mismo: creen que hay que elegir entre verdad y vida. Ortega niega esa disyuntiva. Su solución tiene dos piezas: el perspectivismo —toda verdad se conquista desde un punto de vista— y la razón vital, una razón que vive en la historia. Conviene exponer su filosofía en conjunto.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.