51 · Racionalismo frente a relativismo
Nos encontramos ante un texto de El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega y Gasset reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula su filosofía del punto de vista.
La idea principal es que las dos soluciones tradicionales fracasan. El racionalismo, «para salvar la cultura niega todo sentido a la vida». El relativismo hace lo inverso: «desvanece el valor objetivo de la cultura para dejar paso a la vida». Ambas «viven a costa de cegueras complementarias».
El problema filosófico de fondo es si la antinomia entre los valores y la vida es real o aparente. ¿Hay que elegir entre verdad y vida? ¿O esa disyuntiva nace de una visión parcial de las dos?
El texto empieza recapitulando: «recuérdese el comienzo de este estudio». La tradición moderna ofrece «dos maneras opuestas» de afrontar «la antinomia entre vida y cultura». La descripción es perfectamente simétrica. El racionalismo sacrifica la vida para salvar la cultura. El relativismo sacrifica la cultura para salvar la vida. Ambos comparten un supuesto oculto: que hay que elegir. O verdad o vida.
Sigue un diagnóstico generacional: estas soluciones, «que a las generaciones anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra sensibilidad». El detalle es muy orteguiano. Las doctrinas no solo se refutan con argumentos. También envejecen. Cambia la sensibilidad de una generación y las viejas respuestas dejan de sonar convincentes.
¿Por qué fracasan? «Una y otra viven a costa de cegueras complementarias.» El racionalista no ve la vida. El relativista no ve el valor objetivo de la cultura. Cada uno es ciego exactamente para lo que el otro ve. Pero «nuestro tiempo no padece esas obnubilaciones». La nueva sensibilidad ve los dos lados a la vez. No acepta «que la verdad, que la justicia, que la belleza no existen». Ni olvida «que para existir necesitan el soporte de la vitalidad». Esta frase resume el capítulo entero. Los valores existen: contra el relativismo. Y necesitan el soporte de la vida: contra el racionalismo.
El cierre anuncia el método: «aclaremos este punto concretándonos a la porción mejor definible de la cultura: el conocimiento». Para resolver la antinomia general, Ortega la estudiará en su caso más claro: la teoría del conocimiento. Los textos siguientes —la retícula, el paisaje, la perspectiva— desarrollarán la solución.
Cuando Ortega habla de las «cegueras complementarias» del racionalismo y el relativismo, está despejando el camino hacia su propia filosofía. El texto nos ha mostrado el dilema: la verdad exige ser una e invariable, pero la vida es cambio e historia. El relativismo sacrifica la verdad y se suicida como teoría. El racionalismo sacrifica la vida e inventa un sujeto abstracto que conoce pero no vive.
Ambos fracasan por lo mismo: creen que hay que elegir entre verdad y vida. Ortega niega esa disyuntiva. Su solución tiene dos piezas: el perspectivismo —toda verdad se conquista desde un punto de vista— y la razón vital, una razón que vive en la historia. Conviene exponer su filosofía en conjunto.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.