Departamento deFilosofía
Ortega y Gasset · El tema de nuestro tiempo

51 · Racionalismo frente a relativismo

La tradición moderna nos ofrece dos maneras opuestas de hacer frente a la antinomia entre vida y cultura. Una de ellas, el racionalismo, para salvar la cultura niega todo sentido a la vida. La otra, el relativismo, ensaya la operación inversa: desvanece el valor objetivo de la cultura para dejar paso a la vida. Ambas soluciones, que a las generaciones anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra sensibilidad. Una y otra viven a costa de cegueras complementarias. Como nuestro tiempo no padece esas obnubilaciones, como se ve con toda claridad en el sentido de ambas potencias litigantes, ni se aviene a aceptar que la verdad, que la justicia, que la belleza no existen, ni a olvidarse de que para existir necesitan el soporte de la vitalidad.

Cuestiones

  1. Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
  2. Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
  3. Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Cuestión 1 Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto
Obra

Este texto pertenece a El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula, frente a esa tensión, su propia filosofía del punto de vista.

Idea principal 1.1

La idea principal es que las dos soluciones tradicionales acaban fracasando por igual. El racionalismo, por su parte, «para salvar la cultura niega todo sentido a la vida»; y el relativismo hace justo lo contrario que él, porque «desvanece el valor objetivo de la cultura para dejar paso a la vida». Las dos, en suma, «viven a costa de cegueras complementarias».

Problema filosófico de fondo 1.1

El problema de fondo es si el choque entre los valores y la vida es un choque real o solo aparente. ¿Hay que elegir realmente de verdad entre la verdad y la vida, o esa disyuntiva nace más bien de estar mirando cada una de las dos a medias? El problema es ontoepistemológico: preguntar si hay que elegir entre la verdad y la vida obliga a decidir qué realidad tienen los valores y qué es en el fondo quien los sostiene.

Comentario del texto 1.2

El texto recapitula desde el principio el planteamiento entero del libro, porque, dice, «La tradición moderna nos ofrece dos maneras opuestas de hacer frente a la antinomia entre vida y cultura». Antinomia significa aquí choque frontal entre dos exigencias que parecen igual de legítimas. Y la descripción que da resulta perfectamente simétrica: el racionalismo sacrifica la vida entera para salvar la cultura, y el relativismo sacrifica la cultura entera para salvar la vida. Ambos comparten además un mismo supuesto que no confiesan nunca: hay que elegir, o verdad o vida.

Viene después un curioso diagnóstico generacional. Esas dos soluciones, «que a las generaciones anteriores parecían suficientes, no encuentran eco en nuestra sensibilidad», ya no. El detalle es muy propio de Ortega: las doctrinas no solo se refutan con argumentos, sino que también envejecen, y cuando cambia la sensibilidad de toda una generación las viejas respuestas dejan sin más de convencer.

¿Y por qué razón fracasan las dos? Porque «Una y otra viven a costa de cegueras complementarias». Complementarias quiere decir aquí que encajan la una con la otra: el racionalista no ve la vida y el relativista no ve en cambio el valor objetivo de la cultura, de modo que cada uno de ellos es ciego justo para lo que el otro sí ve. Pero «nuestro tiempo no padece esas obnubilaciones», es decir, ya no padece esas cegueras, y ahora, en cambio, «se ve con toda claridad en el sentido de ambas potencias litigantes».

De ahí sale la doble negativa con que se cierra el fragmento. La nueva sensibilidad de la época no se aviene «a aceptar que la verdad, que la justicia, que la belleza no existen», ni tampoco se aviene «a olvidarse de que para existir necesitan el soporte de la vitalidad». Esa sola frase resume el capítulo entero: los valores sí existen, y eso va contra el relativismo; pero necesitan el soporte de la vida, y eso va justamente contra el racionalismo. Queda planteada así la tarea pendiente, que será encontrar una solución capaz de conservar las dos mitades.

Cuestión 2 Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora
Vinculación con el pensamiento del autor 2.1

Cuando Ortega habla de las «cegueras complementarias» del racionalismo y el relativismo, está despejando el camino hacia su propia filosofía madura. El texto muestra el dilema con toda crudeza: la verdad exige ser una e invariable, pero la vida humana es cambio e historia. El relativismo sacrifica la verdad y acaba destruyéndose como teoría. El racionalismo sacrifica la vida e inventa un sujeto abstracto que conoce pero no vive.

Los dos fracasan exactamente por lo mismo: creen que no hay más remedio que elegir entre la verdad y la vida. Ortega niega esa disyuntiva, y su solución tiene dos piezas: el perspectivismo, según el cual toda verdad se conquista siempre desde un punto de vista determinado, y la razón vital, que piensa dentro de la historia y no fuera de ella. Conviene exponer ahora su filosofía completa.

Síntesis de la filosofía de Ortega y Gasset 2.2

La filosofía de Ortega es lo que él llama raciovitalismo, es decir, el intento de unir de nuevo la razón y la vida, y se resume entera en su fórmula más conocida y repetida: «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad, pero renunciando a la vida, porque inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas y en todos los lugares, que conoce pero no vive; por eso resulta antihistórico. El relativismo hace justamente lo contrario, salva la vida negando la verdad, y con ello se contradice a sí mismo, ya que negar la verdad es afirmar al menos una. Los dos fracasan, y lo hacen por cegueras que se complementan.

La primera pieza de su solución es, como se ha visto, el perspectivismo. El sujeto no es ni transparente ni deformador, sino más bien selectivo, como un cedazo que deja pasar unas cosas y retiene forzosamente otras. Cada vida es un punto de vista único sobre el universo, y cada individuo, cada pueblo y cada época captan una porción real de la verdad que ningún otro puede captar. La perspectiva, por tanto, forma parte de la realidad misma y no la deforma en absoluto. La única perspectiva falsa es aquella que pretende ser la única posible, y la verdad completa no sería otra cosa que la suma articulada de todas las miradas.

La segunda pieza de la solución es la razón vital. No hay por qué elegir entre razón y vida, porque la razón no es sino un instrumento que la vida se da a sí misma para poder orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones vacías, la razón vital piensa desde la vida concreta y desde su propia historia.

Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical, es decir, aquella en la que aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia que no hemos elegido y tener que hacer algo con ella, de modo que la vida es siempre quehacer y proyecto. El ser humano no tiene naturaleza, lo que tiene es historia. Por eso la razón vital acaba siendo también razón histórica, y cada generación tiene su propia tarea: la nuestra es reconciliar de una vez la razón con la vida.

Cuestión 3 Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época
La corriente: el racionalismo moderno 3.1

El problema del texto gira en torno a una determinada idea de la razón: ¿es una facultad pura, ajena por completo a la vida y a la historia, o es más bien una función de la vida misma? La primera respuesta define una corriente muy concreta, el racionalismo moderno.

Corriente dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una sola e idéntica en todos los hombres y en todas las épocas, que su modelo indiscutible es la matemática y que, con el método adecuado, llega a alcanzar verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para conseguirlo tiene que apartar del sujeto que conoce todo lo individual, lo corporal y lo histórico, que es exactamente la posición que el texto viene a combatir. Su fundador y máximo representante es, sin discusión, Descartes, a quien el propio Ortega llama, con toda razón, «padre del moderno racionalismo».

El autor: Descartes 3.2

Descartes encarna precisamente esa razón pura que Ortega somete a discusión. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquiera que razone bien y con orden; y para fundarlas somete absolutamente todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta dar por fin con la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido entonces como pura «cosa que piensa», sin cuerpo ninguno y sin mundo alguno, y desde ahí, con la garantía de que Dios no puede engañar, se reconstruye después el saber entero. La razón, bien conducida, no puede equivocarse nunca, porque el error es siempre culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»: de modo que equivocarse y pecar acaban yendo juntos.

Ortega responde a todo esto señalando el alto precio que hay que pagar por esa razón. El sujeto que ese método necesita tiene que ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico», o sea, un «espectro irreal» que conoce pero que no vive. Y su verdad tendría que verse desde «lugar ninguno», que es justamente la utopía racionalista y, según él, «la sola perspectiva falsa». Así, la vida concreta —el cuerpo, la época, la circunstancia— queda expulsada por completo del conocimiento, y la historia se queda sin ningún sentido, reducida a un montón de «estorbos puestos a la razón para manifestarse».

Frente al cogito cartesiano, Ortega opone su propia fórmula, «yo soy yo y mi circunstancia»: lo primero de todo no es una conciencia sin mundo, sino una vida enredada con las cosas, porque «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura propone en su lugar la razón vital, que no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento de la vida, siempre situado e histórico. Donde Descartes parte al ser humano por la mitad en dos sustancias separadas, pensamiento y extensión, Ortega responde sin rodeos que materia y espíritu «son dos mitos», y que lo único radical es la vida misma.