53 · El sujeto como cedazo
Nos encontramos ante un texto de El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega y Gasset reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula su filosofía del punto de vista.
La idea principal es que hay una tercera opción entre el sujeto transparente y el sujeto deformador: «los hechos imponen una tercera opinión, síntesis ejemplar de ambas». El sujeto funciona como «un cedazo o retícula»: «deja pasar unas cosas y detiene otras»; «las selecciona, pero no... las deforma».
El problema filosófico de fondo es cómo puede un conocimiento ser a la vez verdadero e individual. ¿Puede la estructura propia de quien conoce condicionar el saber sin falsearlo? Hay que repensar la relación entre subjetividad y objetividad.
El texto presenta la tercera vía con un aval científico. «Psicología, “biología” y teoría del conocimiento», cada una por su lado, «sin común acuerdo ni premeditación», han revisado los hechos y han coincidido. La coincidencia da peso a la propuesta: «los hechos imponen una tercera opinión». No es una ocurrencia. Es lo que los datos exigen.
La nueva posición se define con una doble negación. El sujeto «ni es un medio transparente, un “yo puro” idéntico e invariable, ni su recepción de la realidad produce en ésta deformaciones». Ni racionalismo ni relativismo.
¿Qué hace entonces el sujeto? La imagen central lo explica: «cuando se interpone un cedazo o retícula en una corriente, deja pasar unas cosas y detiene otras; se dirá que las selecciona, pero no que las deforma». Esa es «la función del sujeto, del ser viviente ante la realidad cósmica que le circunda». El cedazo resuelve el dilema. Entre la transparencia y la deformación hay una tercera operación: la criba. Lo que pasa por la malla, pasa intacto. Por eso hay verdad. Pero no todo pasa. Por eso hay individualidad.
El mecanismo se precisa al final. La realidad es infinita. «De la infinitud de los elementos que integran la realidad, el individuo, aparato receptor, deja pasar un cierto número de ellos», los que encajan con «las mallas de su retícula sensible». El resto queda fuera: «ignoradas, no percibidas». Cada sujeto capta la porción de realidad que su estructura le permite. Su conocimiento es verdadero, pero parcial. Verdad e individualidad ya no se excluyen. Queda fundado el perspectivismo.
Cuando Ortega compara al sujeto con un cedazo, está formulando su perspectivismo. El texto nos ha mostrado la solución al viejo dilema: el sujeto ni es transparente ni deforma; selecciona. Cada individuo, pueblo o época capta su porción real de verdad. La perspectiva no deforma el mundo: lo organiza. Y la única perspectiva falsa es la que pretende ser única.
Esta doctrina es más que una teoría del conocimiento: es la base de todo su pensamiento. Si toda verdad es perspectiva, la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, situada en una vida y una época. Veamos el sistema completo.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.