60 · Dios y la perspectiva
Nos encontramos ante un texto de El tema de nuestro tiempo, obra en la que Ortega y Gasset reflexiona sobre la relación entre razón y vida y formula su filosofía del punto de vista.
La idea principal es que la suma de todas las perspectivas, esa «omnisciencia», es «el sublime oficio que atribuimos a Dios». Pero «Dios no es racionalista». No mira desde fuera: «su punto de vista es el de cada uno de nosotros». Los hombres son «los órganos visuales de la divinidad».
El problema filosófico de fondo es la totalidad de la verdad. Si toda visión es parcial, ¿dónde se reúne el todo? Hay que repensar el saber absoluto: no como mirada exterior al mundo, sino como integración de todas las miradas.
El texto recoge el hilo del anterior. La verdad integral era el tejido de todas las visiones. Pues bien: «esta suma de las perspectivas individuales..., esta omnisciencia, esta verdadera “razón absoluta”, es el sublime oficio que atribuimos a Dios». La razón absoluta existe. Pero no es humana ni extrahumana: es la integración de todas las perspectivas.
Enseguida llega la corrección teológica. «Dios es también un punto de vista.» No tiene «un mirador fuera del área humana». No ve «directamente la realidad universal», «como si fuera un viejo racionalista». La frase es rotunda: «Dios no es racionalista». Ni siquiera Dios ve desde ninguna parte.
Después, la inversión de Malebranche. Este sostenía que conocemos la verdad porque vemos las cosas «en Dios». Ortega propone lo contrario: «que Dios ve las cosas al través de los hombres, que los hombres son los órganos visuales de la divinidad». No vemos nosotros en Dios. Ve Dios en nosotros. Y esto dignifica cada mirada humana: «nuestra verdad parcial es también verdad para Dios. ¡De tal modo es verídica nuestra perspectiva y auténtica nuestra realidad!». Dios «está en todas partes» y «goza de todos los puntos de vista». Es «el símbolo del torrente vital», a través de cuyas «infinitas retículas» va pasando el universo: «visto, amado, odiado, sufrido y gozado».
La conclusión convierte la metafísica en ética. No hay que defraudar «la sublime necesidad que de nosotros tiene» Dios. Hay que hincarse «bien en el lugar que nos hallamos», con «profunda fidelidad» a lo que somos, y «aceptar la faena que nos propone el destino: el tema de nuestro tiempo». El deber de cada vida es ser fiel a su perspectiva. Lo contrario de la deserción utópica. Así se cierra el capítulo, devolviendo el título del libro.
Cuando Ortega convierte a los hombres en «los órganos visuales de la divinidad», está formulando su perspectivismo. El texto nos ha mostrado la solución al viejo dilema: el sujeto ni es transparente ni deforma; selecciona. Cada individuo, pueblo o época capta su porción real de verdad. La perspectiva no deforma el mundo: lo organiza. Y la única perspectiva falsa es la que pretende ser única.
Esta doctrina es más que una teoría del conocimiento: es la base de todo su pensamiento. Si toda verdad es perspectiva, la razón pura debe ser sustituida por una razón vital, situada en una vida y una época. Veamos el sistema completo.
La filosofía de Ortega es el raciovitalismo: el intento de unir razón y vida, resumido en su fórmula «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».
Parte de una doble crítica. El racionalismo salva la verdad renunciando a la vida: inventa un sujeto abstracto, igual en todas las épocas, que conoce pero no vive; es antihistórico. El relativismo salva la vida negando la verdad, y se contradice, porque negar la verdad es afirmar al menos una. Ambos fracasan por cegueras complementarias.
La primera pieza de su solución es el perspectivismo. El sujeto no es transparente ni deformador: es selectivo, como un cedazo. Cada vida es un punto de vista sobre el universo, y cada individuo, pueblo o época capta una porción real e insustituible de la verdad. La perspectiva es un componente de la realidad, no su deformación. La única perspectiva falsa es la que pretende ser única. La verdad total sería la articulación de todas las miradas.
La segunda pieza es la razón vital. No hay que elegir entre razón y vida: la razón es un instrumento que la vida se da para orientarse. Frente a la razón pura, que solo produce abstracciones, la razón vital piensa desde la vida y su historia.
Al final, Ortega hace de la vida la realidad radical: en ella aparece todo lo demás. Vivir es encontrarse en una circunstancia no elegida y tener que hacer algo con ella: la vida es quehacer y proyecto. El hombre no tiene naturaleza, tiene historia. Por eso la razón vital acaba siendo razón histórica, y cada generación tiene su tarea: la nuestra, reconciliar la razón con la vida.
El problema planteado en el texto gira en torno a la concepción de la razón: ¿es la razón una facultad pura, ajena a la vida y a la historia, o una función de la vida misma? La primera respuesta define a una corriente precisa: el racionalismo moderno. Dominante en Europa durante los siglos XVII y XVIII, sostiene que la razón es una e idéntica en todos los hombres y todas las épocas; que su modelo es la matemática; y que, con el método adecuado, alcanza verdades absolutas, válidas «para todos los tiempos y para todos los hombres». Para lograrlo debe apartar del sujeto todo lo individual, corporal e histórico. Es, exactamente, la posición que el texto examina y combate. Su fundador y máximo representante es Descartes, «padre del moderno racionalismo», como lo llama el propio Ortega.
Descartes encarna la razón pura que Ortega discute. Su método exige aceptar solo ideas claras y distintas, evidentes para cualquier sujeto racional. Para fundarlas, somete todo a la duda —los sentidos, el sueño, el genio maligno— hasta la primera certeza: «pienso, luego existo». El yo queda definido como pura «cosa que piensa», sin cuerpo y sin mundo; y desde él, con la garantía de la veracidad divina, se reconstruye el saber entero. La razón, bien conducida, no puede errar: el error es culpa de la voluntad, que «escoge lo falso como verdadero»; equivocarse y pecar van juntos.
Ortega responde señalando el precio de esa razón. Su sujeto debe ser «un medio transparente», «ultravital y extrahistórico»: un «espectro irreal» que conoce pero no vive. Y su verdad debe verse desde «lugar ninguno»: la utopía racionalista, «la sola perspectiva falsa». La vida concreta —cuerpo, época, circunstancia— queda expulsada del conocimiento, y la historia, sin sentido: solo «estorbos puestos a la razón para manifestarse».
Frente al cogito, Ortega opone su fórmula: «yo soy yo y mi circunstancia». Lo primero no es una conciencia sin mundo, sino una vida con las cosas: «el mundo nos es y nosotros somos al mundo». Y frente a la razón pura, la razón vital: no un tribunal intemporal, sino un instrumento de la vida, situado e histórico. Donde Descartes parte al hombre en dos sustancias —pensamiento y extensión—, Ortega responde que materia y espíritu «son dos mitos»: lo radical es la vida misma.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.