8 · El símil del Sol
—¿Cómo? Explícate.
—Bien sabes que los ojos, cuando se los vuelve sobre objetos cuyos colores no están ya iluminados por la luz del día sino por el resplandor de la luna, ven débilmente, como si no tuvieran claridad en la vista.
—Efectivamente.
—Pero cuando el sol brilla sobre ellos, ven nítidamente, y parece como si estos mismos ojos tuvieran la claridad.
—Sin duda.
—Del mismo modo piensa así lo que corresponde al alma: cuando fija su mirada en objetos sobre los cuales brilla la verdad y lo que es, intelige, conoce y parece tener inteligencia; pero cuando se vuelve hacia lo sumergido en la oscuridad, que nace y perece, entonces opina y percibe débilmente con opiniones que la hacen ir de aquí para allá, y da la impresión de no tener inteligencia.
—Eso parece, en efecto.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.
Este texto pertenece a la República, obra en la que Platón se pregunta qué es la justicia y expone al hacerlo, de pasada, las bases de su idea de la realidad y del conocimiento.
La idea principal es la comparación del Bien con el sol: lo que el Bien es en el mundo de las Ideas, «esto es el sol en el ámbito visible respecto de la vista». El alma conoce de verdad solamente cuando mira aquello que está iluminado por la verdad y por lo que es; en cambio, cuando mira lo que nace y perece, solo puede llegar a opinar.
El problema de fondo es qué es lo que hace falta exactamente para que haya conocimiento. ¿Por qué unas veces conocemos las cosas de verdad y otras nos quedamos en la mera opinión? ¿Hay grados de realidad y, por tanto, también grados de saber? ¿Y qué principio permite que la razón llegue a conectar de veras con lo real? Se trata de un problema ontoepistemológico: los grados del conocer se corresponden exactamente, uno por uno, con los grados del ser.
El texto está construido como una analogía, es decir, como una comparación entre dos parejas distintas de cosas. Del Bien no se puede hablar de forma directa y frontal, pero sí mostrar para qué sirve comparándolo con el sol, de manera que el Bien viene a ser al mundo de las Ideas lo que el sol es al mundo visible.
Se explica primero la parte visible de la comparación. De noche, con el resplandor de la luna, los ojos ven muy débilmente, como si no tuvieran claridad alguna; de día, en cambio, cuando el sol brilla sobre ellos, ven con toda nitidez. La lección que se saca importa mucho: ver no depende solo del ojo y del objeto, sino que hace falta un tercer elemento, la luz, sin la cual no hay visión posible.
La comparación se aplica luego, punto por punto, al alma. Cuando el alma fija su mirada en objetos sobre los que brilla la verdad y lo que es, entonces conoce de veras; pero cuando se vuelve hacia lo que está sumergido en la oscuridad, que nace y perece, entonces solo opina y percibe muy débilmente. El texto separa así con claridad dos niveles distintos de conocimiento, la ciencia o episteme y la opinión o doxa, y dos niveles de realidad, las Ideas eternas y lo que nace y perece.
Una misma alma puede conocer o puede solo opinar, y todo depende de hacia dónde dirija la mirada; por eso conocer consiste sobre todo en cambiar la dirección de esa mirada, idea que el mito de la caverna contará más tarde como una historia. En el fondo, la comparación entera enseña que el conocimiento depende siempre de la realidad, porque cuanto más real es el objeto, más verdadero resulta el saber, y todo ello depende a su vez del Bien, que es quien lo ilumina todo.
Cuando Platón compara el Bien con el sol, está poniendo la última pieza de su sistema. El texto ha mostrado con claridad que el Bien es la base del valor, de la verdad y de la existencia misma. Sin conocerlo ningún saber sirve de nada, y quien aspire a gobernar tendrá que conocerlo primero. Eso no es una afirmación aislada, sino la cima misma del mundo de las Ideas.
Ahora bien, una cima solo se entiende viendo el edificio entero: dos mundos, el sensible y el inteligible; dos formas de conocer, la opinión y la ciencia; dos realidades en el ser humano, el cuerpo y el alma; y, al final, una conclusión política, la de que debe gobernar quien conozca el Bien. Conviene exponer ese sistema completo.
La filosofía de Platón nace de dos golpes muy concretos. Los sofistas enseñaban que no hay verdades firmes, sino que cada cual tiene la suya, y a eso se lo llama relativismo; además, Atenas condenó a muerte a Sócrates, su maestro. De ahí su objetivo: encontrar un saber seguro que sirva de base para vivir bien y para gobernar con acierto.
El centro de su filosofía es la teoría de las Ideas, según la cual la realidad se parte en dos mitades muy desiguales. El mundo sensible es el que se ve y se toca: material, cambiante, imperfecto, una simple copia de otra cosa. El mundo inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas y eternas que no cambian nunca ni se corrompen, como la Belleza misma o la Justicia misma. Las cosas de aquí abajo son lo que son porque imitan a esas Ideas, y a esa imitación Platón la llama participar. En lo más alto de todo está la Idea del Bien, que da existencia y verdad a lo demás igual que el sol da luz y vida a cuanto crece.
A cada mundo le corresponde un tipo de saber. Del sensible solo cabe opinión, en griego doxa, que puede fallar y que varía de unos a otros. Del inteligible cabe ciencia, episteme, con dos grados: el razonamiento de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Y conocer es en el fondo acordarse, porque el alma vio las Ideas antes de nacer: eso es la reminiscencia.
El ser humano queda dividido igual, en un alma inmortal y un cuerpo mortal que la ata a lo sensible y la estorba. El alma tiene tres partes —racional, irascible y concupiscible—, cuyo buen funcionamiento da tres virtudes: la sabiduría, el valor y la templanza. Del orden entre esas tres partes nace la justicia.
La política repite exactamente el mismo esquema. La ciudad justa tiene tres clases —gobernantes, guardianes y productores—, cada una con su tarea propia, y debe mandar quien conoce el Bien, es decir, el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el largo ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema que plantea el texto lleva a una pregunta mayor: qué es la verdad. Para Platón la verdad es la adecuación de la razón a lo real, porque la razón se aparta de los sentidos y de sus engaños y alcanza aquello que de verdad existe, que son las Ideas, eternas y siempre iguales a sí mismas. Y esa adecuación se apoya en algo previo y más hondo. En Platón la verdad no es solo una cualidad de lo que decimos, sino también de lo que hay: unas cosas son más verdaderas que otras porque son más reales. Por eso puede afirmar que las Ideas tienen más verdad que las copias que percibimos, y por eso la línea separa sus secciones «en cuanto a su verdad y no verdad». De ahí sus tres rasgos: es una sola, vale para todos los hombres y no cambia nunca. Y no es una idea solo suya, sino que define a toda la filosofía griega clásica.
Frente a ella aparece en el siglo XIX el vitalismo, que rompe de arriba abajo el esquema entero. Para el vitalismo no existe ninguna realidad eterna esperando en algún sitio a ser encontrada, porque la realidad es vida, cambio, un fluir continuo que no se detiene nunca. Y la razón no es un espejo que refleje lo real, sino una herramienta que la vida se da a sí misma para orientarse. Así, la verdad deja de ser algo que se halla y pasa a ser una creación de la vida. Su representante más radical es, sin duda, Nietzsche.
Nietzsche niega las dos piezas que sostienen esa adecuación, la realidad y la razón. Empieza por negar que existan dos mundos distintos: el de las Ideas sencillamente no está ahí, y lo real es el cambio continuo que muestran los sentidos, no lo eterno e inmóvil que promete la razón. Y niega después el papel de la razón, porque, lejos de encontrar la realidad, lo que hace es falsearla. Los sentidos no mienten nunca; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos e inmóviles como sustancia, identidad o ser. Por eso llama a las Ideas «momias conceptuales», y la imagen está muy bien elegida: algo que estaba vivo, secado y vendado para que dure siempre.
La verdad, entonces, ya no es adecuación alguna, sino una ficción útil que nació como un conjunto de errores que ayudaban a vivir y que acabaron pareciendo evidentes. De ahí que preguntar por la verdad sea en realidad preguntar otra cosa: qué clase de vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, según Nietzsche, una vida débil y cansada, incapaz de soportar el cambio, que se venga de él imaginando otro mundo mejor.
El choque alcanza también al alma, porque para Platón conocer es recordar lo que el alma inmortal vio antes de nacer, y la razón nos emparenta directamente con lo divino. Nietzsche le da la vuelta al asunto: venimos del cuerpo y de sus impulsos, y el alma separable no es más que la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente a la subida platónica hacia el Bien, él propone la fidelidad a la tierra: decir que sí al cambio entero, incluso a lo más terrible que traiga. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido, el mismo esquema platónico puesto exactamente del revés.