10 · La línea dividida
—Las capto.
—Toma ahora una línea dividida en dos partes desiguales; divide nuevamente cada sección según la misma proporción, la del género de lo que se ve y otra la del que se intelige, y tendrás distinta oscuridad y claridad relativas; así tenemos primeramente, en el género de lo que se ve, una sección de imágenes. Llamo 'imágenes' en primer lugar a las sombras, luego a los reflejos en el agua y en todas las cosas que, por su constitución, son densas, lisas y brillantes, y a todo lo de esa índole. ¿Te das cuenta?
—Me doy cuenta.
—Pon ahora la otra sección de la que ésta ofrece imágenes, a la que corresponden los animales que viven en nuestro derredor, así como todo lo que crece, y también el género íntegro de cosas fabricadas por el hombre.
—Pongámoslo.
—¿Estás dispuesto a declarar que la línea ha quedado dividida, en cuanto a su verdad y no verdad, de modo tal que lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado?
—Estoy muy dispuesto.
Nos encontramos ante un texto de la República, obra en la que Platón reflexiona sobre la justicia y expone los fundamentos de su ontología y su epistemología.
La idea principal es la división de la realidad en dos ámbitos: el inteligible y el visible. Platón los representa con una línea «dividida en dos partes desiguales», y cada parte se subdivide «según la misma proporción». La conclusión es que «lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado».
El problema filosófico de fondo es la correspondencia entre ser y conocer. Si la realidad tiene grados, ¿los tiene también el saber? ¿Se puede ordenar jerárquicamente el conocimiento según la verdad de sus objetos?
El texto empieza fijando la gran división: «¿Captas estas dos especies, la visible y la inteligible?». Son los dos ámbitos del símil del sol. En lo visible reina el sol. En lo inteligible reina el Bien. La línea sirve para ordenar esa dualidad. Y añade algo más: las secciones tienen «distinta oscuridad y claridad relativas». Es decir, el ser y la verdad admiten grados. No todo es igual de real ni igual de conocible.
Después se subdivide el ámbito visible. La primera sección es la de las imágenes: «llamo “imágenes” en primer lugar a las sombras, luego a los reflejos en el agua» y en las superficies brillantes. La segunda sección es la de los originales sensibles: «los animales que viven en nuestro derredor, así como todo lo que crece», y las cosas fabricadas por el hombre. Sombra y objeto. Copia y original.
Esta relación es la clave del esquema. Sirve de modelo para todo lo demás. Igual que la sombra es copia del objeto, el objeto sensible es copia de la Idea. Cada nivel imita al superior.
La conclusión lo formula con precisión. La línea queda dividida «en cuanto a su verdad y no verdad», de modo que «lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado». La opinión no es pura falsedad. Es un conocimiento de segundo grado, apoyado en realidades derivadas. El principio es claro: a menor ser, menor verdad. Este esquema prepara la subdivisión de lo inteligible y los cuatro estados del alma. Y anticipa el escenario del mito de la caverna.
Cuando Platón divide la línea en lo visible y lo inteligible, está condensando su filosofía entera. El texto nos ha mostrado que el ser tiene grados y el conocimiento también: de la conjetura a la inteligencia, cada nivel de saber depende del nivel de realidad de su objeto. No hay teoría del conocimiento sin teoría del ser.
El símil presupone, de hecho, todo el dualismo platónico: un mundo visible hecho de copias y un mundo inteligible hecho de Ideas, con el Bien en la cima. El alma debe ascender del uno al otro mediante la educación, que culmina en la dialéctica. Y ese ascenso tiene meta política: formar al filósofo gobernante. Conviene exponer ahora el sistema completo.
La filosofía de Platón nace como respuesta al relativismo de los sofistas y a la condena de Sócrates: busca un saber firme sobre el que fundar la vida y la política.
Su núcleo es la teoría de las Ideas. La realidad se divide en dos mundos. El sensible es el que percibimos: material, cambiante, imperfecto; pura copia. El inteligible es el de las Ideas: realidades perfectas, eternas e inmutables, como lo Bello en sí o la Justicia en sí. Las cosas son lo que son por participar de las Ideas. Y en la cúspide está la Idea del Bien, que da ser y verdad a todo, como el sol da luz y vida.
A los dos mundos corresponden dos saberes. De lo sensible solo hay opinión (doxa). De lo inteligible hay ciencia (episteme): el pensamiento discursivo de las matemáticas y la inteligencia de la dialéctica. Además, conocer es recordar: el alma contempló las Ideas antes de nacer, y aprender es reminiscencia.
La antropología es dualista. El hombre es un alma inmortal unida a un cuerpo mortal que la ata a lo sensible. El alma tiene tres partes: racional, irascible y concupiscible. Su orden es la virtud —sabiduría, valor, templanza— y de ese orden nace la justicia.
La política reproduce el esquema. La ciudad justa tiene tres clases: gobernantes, guardianes y productores; cada una debe hacer lo suyo. Y debe gobernar quien conoce el Bien: el filósofo. Por eso la educación es la tarea política suprema: el ascenso desde las sombras de la caverna hasta la luz del Bien.
El problema planteado en el texto desemboca en una concepción de la verdad. Para Platón, la verdad es el encuentro entre la razón y la realidad: la razón, apartándose de los sentidos, alcanza lo que verdaderamente es, las Ideas eternas e inmutables. La verdad es, por eso, una, universal e invariable. Esta concepción no es solo suya: define a toda la filosofía griega clásica. Frente a ella, en el siglo XIX surge una corriente que rompe ese esquema: el vitalismo. Para el vitalismo no hay una realidad eterna que la razón pueda encontrar: la realidad es vida, cambio, devenir. Y la razón no es un espejo de lo real, sino un instrumento al servicio de la vida. La verdad deja de ser encuentro y pasa a ser creación vital. El representante más radical de esta corriente es Nietzsche.
Nietzsche niega los dos términos del encuentro platónico. Primero, la realidad: no existe el mundo de las Ideas; «el mundo “aparente” es el único: el “mundo verdadero” no es más que un añadido mentiroso». Lo real es el devenir que muestran los sentidos, no lo eterno que promete la razón. Segundo, la razón: lejos de encontrar la realidad, la falsifica. Los sentidos «no mienten de ninguna manera»; la que miente es la razón, que congela el cambio en conceptos fijos: sustancia, identidad, ser. Las Ideas platónicas no son descubrimientos, sino «momias conceptuales».
Por eso la verdad, para Nietzsche, no es encuentro sino ficción útil: nació como un conjunto de errores que favorecían la vida, y solo «muy tarde» apareció como problema. Preguntar por la verdad es preguntar qué vida se expresa en ella. Y la vida que inventó el mundo verdadero es, a su juicio, una vida débil, que no soporta el devenir y se venga de él imaginando algo mejor.
La confrontación alcanza también al alma. Para Platón, conocer es recordar lo que el alma inmortal contempló; la razón nos emparenta con lo divino. Nietzsche invierte el argumento: venimos de un mundo «mucho más bajo», del cuerpo y sus impulsos; el alma separable es la ficción que enseñó a despreciar la tierra. Frente al ascenso platónico hacia el Bien, su propuesta es la fidelidad a la tierra: decir sí al devenir entero, incluso a lo terrible. Por eso su filosofía puede definirse como un platonismo invertido.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.