18 · El argumento del sueño
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es el argumento del sueño: «no hay indicios concluyentes ni señales que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia». Muchas veces he soñado que estaba «aquí mismo, vestido, junto al fuego», cuando en realidad estaba «desnudo y en la cama». Ni las percepciones más claras escapan a la duda.
El problema filosófico de fondo es la distinción entre realidad y apariencia. ¿Tenemos algún criterio seguro para saber que nuestra experiencia presente es real y no ilusoria? Si no lo hay, toda la experiencia queda en suspenso como fundamento del conocimiento.
El texto supera el límite del argumento anterior. La locura quedaba descartada. Pero hay una «locura» normal que nos afecta a todos: el sueño. Descartes lo recuerda: «tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas... que esos insensatos cuando están despiertos». El que sueña toma por real lo irreal. Y todos soñamos.
El ejemplo es directo: «¡Cuántas veces no me habrá ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido, junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama!». Fijémonos en el detalle. El contenido del sueño es exactamente la escena que antes parecía indudable: el fuego, la bata, el papel. La duda alcanza ahora el centro de la certeza sensible.
Descartes intenta resistir. Ahora estoy seguro: «miro este papel con los ojos de la vigilia», «alargo esta mano y la siento de propósito y con plena conciencia». Lo que pasa en sueños «no me resulta tan claro y distinto como todo esto». Pero la respuesta llega enseguida: «pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía, por ilusiones semejantes». También en sueños creemos sentir con plena conciencia.
La conclusión es inquietante. No hay señales seguras para distinguir sueño y vigilia. Tanto que «casi puede persuadirme de que estoy durmiendo». Conviene precisar el alcance. El argumento no dice que todo sea un sueño. Dice que no puedo saberlo. Y esa simple posibilidad basta: ninguna percepción concreta puede ser ya fundamento cierto. Aun así, algo queda en pie: los elementos generales de los sueños y las matemáticas. De ellos se ocupan los textos siguientes.
Cuando Descartes admite que no hay señales para distinguir el sueño de la vigilia, no busca quedarse en la duda. El texto nos ha mostrado que su duda es metódica: se duda una vez en la vida para encontrar algo indudable. Por eso lo dudoso se trata como falso, y la duda ataca los fundamentos.
La duda tiene, sin embargo, un límite, y ahí empieza el sistema. Puedo dudar de todo, menos de que dudo. Si dudo, pienso; y si pienso, existo. El cogito es el punto de apoyo buscado, desde el que Descartes reconstruye el yo, Dios y el mundo. Veamos ese sistema en conjunto.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.