23 · Pienso, luego existo
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es el cogito. Aunque suponga «que todo lo que veo es falso» y que existe un «engañador todopoderoso y astutísimo», hay algo seguro: «si me engaña, es que yo soy». Por tanto, «esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu».
El problema filosófico de fondo es si existe alguna verdad absolutamente indudable. ¿Hay un punto donde el pensamiento, al dudar de todo, se encuentre consigo mismo como certeza? De la respuesta depende dónde se funda el conocimiento: en el mundo o en el sujeto.
El texto lleva primero la duda a su punto máximo. «Supongo que todo lo que veo es falso.» La memoria miente. «Pienso que carezco de sentidos.» El cuerpo, la figura, la extensión son «quimeras de mi espíritu». ¿Qué queda? «Acaso esto solo: que nada cierto hay en el mundo.»
Y aquí se produce el giro. El pensamiento se vuelve sobre sí mismo. ¿Quién pone en mí estos pensamientos? ¿Un Dios? No hace falta: «tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo». Entonces, «yo mismo, al menos, ¿no soy algo?». La duda misma delata al que duda: «si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy».
Ni el genio maligno puede contra esto. Al contrario: lo confirma. «Si me engaña, es que yo soy.» Y «engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo». Para engañar a alguien, ese alguien tiene que existir. La hipótesis más destructiva se convierte en prueba de existencia.
La conclusión es la primera verdad del sistema: «yo soy, yo existo» es «necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu». Fijémonos en el matiz final. La certeza vale mientras pienso. No es un razonamiento largo. Es una intuición inmediata. Este es el punto de apoyo que pedía Arquímedes. Y marca un giro histórico: desde ahora, la filosofía moderna partirá del yo para llegar al mundo, y no al revés.
Cuando Descartes afirma «yo soy, yo existo», está fundando la filosofía moderna. El texto nos ha mostrado la primera certeza: ni el sueño ni el genio maligno pueden con ella, porque para ser engañado hay que existir. Y nos ha mostrado qué es ese yo: no un cuerpo, sino conciencia —dudar, entender, querer, imaginar, sentir.
El hallazgo cambia el punto de partida del saber: ya no es el mundo, sino el sujeto. Desde el yo habrá que recuperar a Dios y a las cosas. Y de la distinción entre pensamiento y cuerpo nacerá el dualismo cartesiano. Conviene exponer ahora el sistema completo.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.