24 · ¿Qué soy yo?
Por ello, examinaré de nuevo lo que yo creía ser, antes de incidir en estos pensamientos, y quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede combatirse mediante las razones que acabo de alegar, de suerte que no quede más que lo enteramente indudable. Así pues, ¿qué es lo que antes yo creía ser? Un hombre, sin duda. Pero ¿qué es un hombre? ¿Diré, acaso, que un animal racional? No, por cierto: pues habría luego que averiguar qué es animal y qué es racional, y así una única cuestión nos llevaría insensiblemente a infinidad de otras cuestiones más difíciles y embarazosas, y no quisiera malgastar en tales sutilezas el poco tiempo y ocio que me restan.
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es que sé que existo, pero aún no sé qué soy: «sé con certeza que soy, pero aún no sé con claridad qué soy». Hay que examinar «lo que yo creía ser» y quitar todo lo dudoso. Y hay que rechazar la definición escolástica del hombre como «animal racional».
El problema filosófico de fondo es la pregunta por la esencia del yo. Una vez probada mi existencia, ¿qué soy? Además, hay un problema de método: ¿cómo definir una esencia sin apoyarse en definiciones heredadas ni en supuestos sin probar?
El texto separa dos preguntas. Una es la existencia: ya está resuelta. Otra es la esencia: sigue abierta. Primero el que soy; después el qué soy. Y Descartes avisa de un peligro: «preciso del mayor cuidado para no confundir imprudentemente otra cosa conmigo». La primera certeza es la más valiosa. No puede mezclarse con creencias no probadas. Por ejemplo, con la creencia de que soy un cuerpo.
El procedimiento se define a continuación. «Examinaré de nuevo lo que yo creía ser» antes de la duda. Y «quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede combatirse mediante las razones que acabo de alegar». Solo quedará «lo enteramente indudable». La duda funciona ahora como un filtro aplicado al yo. De todo lo que creía ser, sobrevivirá solo lo que resista al sueño y al genio maligno.
Después viene el rechazo de la definición tradicional. ¿Qué creía ser? «Un hombre, sin duda.» Pero ¿qué es un hombre? ¿«Un animal racional»? «No, por cierto.» ¿Por qué no? Porque habría que definir «qué es animal y qué es racional». Y así «una única cuestión nos llevaría insensiblemente a infinidad de otras cuestiones más difíciles y embarazosas». Definir con términos oscuros no aclara nada. Es lo contrario del método de la evidencia. Descartes no quiere «malgastar en tales sutilezas» su tiempo.
El fragmento prepara los siguientes. Habrá que repasar los atributos que me daba a mí mismo: cuerpo, nutrición, sensación, pensamiento. Solo uno pasará el filtro. El resultado será la definición del yo como cosa que piensa: la res cogitans.
Cuando Descartes se pregunta qué es ese yo cuya existencia acaba de probar, está fundando la filosofía moderna. El texto nos ha mostrado qué es ese yo cuya existencia resiste toda duda: no un cuerpo, sino conciencia —dudar, entender, querer, imaginar, sentir—. La certeza de mi existencia dura lo que dura mi pensamiento.
El hallazgo cambia el punto de partida del saber: ya no es el mundo, sino el sujeto. Desde el yo habrá que recuperar a Dios y a las cosas. Y de la distinción entre pensamiento y cuerpo nacerá el dualismo cartesiano. Conviene exponer ahora el sistema completo.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.