25 · Cuerpo y alma
Tras eso, reparaba en que me nutría, y andaba, y sentía, y pensaba, y refería todas esas acciones al alma; pero no me paraba a pensar en qué era ese alma, o bien, si lo hacía, imaginaba que era algo extremadamente raro y sutil, como un viento, una llama o un delicado éter, difundido por mis otras partes más groseras.
Nos encontramos ante un texto de las Meditaciones metafísicas, obra en la que Descartes busca fundamentar con certeza el conocimiento a partir de la duda metódica.
La idea principal es el repaso de lo que el yo creía ser antes de dudar. Por un lado, un cuerpo: «toda esa máquina de huesos y carne». Por otro, un alma que explica que «me nutría, y andaba, y sentía, y pensaba». Un alma imaginada como «un viento, una llama o un delicado éter».
El problema filosófico de fondo es el valor de las ideas espontáneas sobre uno mismo. ¿Qué fiabilidad tienen las concepciones que la costumbre nos ha dado sobre el alma y el cuerpo? ¿Resiste la antropología heredada un examen crítico?
El texto hace inventario de las creencias naturales. Son los pensamientos que «nacían espontáneos en mi espíritu» al pensar en mi ser. La palabra «espontáneos» es importante. Indica opiniones previas al método. Vienen de la costumbre. Por eso son sospechosas.
Primero, el cuerpo. «Me fijaba, primero, en que yo tenía un rostro, manos, brazos, y toda esa máquina de huesos y carne, tal y como aparece en un cadáver.» Dos detalles anticipan el mecanicismo de Descartes. Uno: la palabra «máquina». El cuerpo es un artefacto material. Dos: la comparación con el cadáver. El cuerpo, por sí solo, no incluye la vida ni el pensamiento. Es pura extensión.
Después, el alma. A ella refería todas mis acciones: «me nutría, y andaba, y sentía, y pensaba». Es la psicología heredada de Aristóteles. El alma como principio de todas las funciones vitales: nutrirse, moverse, sentir, pensar. ¿Y qué era esa alma? Aquí no había concepto, solo imágenes: «algo extremadamente raro y sutil, como un viento, una llama o un delicado éter, difundido por mis otras partes más groseras». El alma se pensaba como una materia finísima. Una representación de la imaginación, no una idea clara y distinta.
El fragmento tiene función preparatoria. Presenta la antropología ingenua que los textos siguientes van a filtrar con la duda. El resultado será una reorganización total. Nutrirse y andar pasarán al cuerpo-máquina. Sentir, en cuanto certeza, se revelará un modo de pensar. Y el alma dejará de ser viento o llama. Será, exclusivamente, «una cosa que piensa». El dualismo cartesiano nace de la crítica de esta confusión del sentido común.
Cuando Descartes repasa lo que antes creía ser, está fundando la filosofía moderna. El texto nos ha mostrado qué es ese yo cuya existencia resiste toda duda: no un cuerpo, sino conciencia —dudar, entender, querer, imaginar, sentir—. La certeza de mi existencia dura lo que dura mi pensamiento.
El hallazgo cambia el punto de partida del saber: ya no es el mundo, sino el sujeto. Desde el yo habrá que recuperar a Dios y a las cosas. Y de la distinción entre pensamiento y cuerpo nacerá el dualismo cartesiano. Conviene exponer ahora el sistema completo.
La filosofía de Descartes inaugura el racionalismo moderno. Ante el desprestigio de la escolástica y el éxito de la nueva ciencia, busca en la razón un saber tan firme como el de las matemáticas.
De ellas toma su método: evidencia (aceptar solo lo claro y distinto), análisis, síntesis y enumeración. Aplicado con radicalidad, el método se convierte en duda metódica: dudar de todo lo que admita el menor motivo de duda. Los sentidos engañan a veces. El sueño se confunde con la vigilia. Y un genio maligno podría engañarnos hasta en las matemáticas.
De esa duda universal se salva una certeza: «pienso, luego existo». El cogito es la primera verdad del sistema y el modelo de todas: se capta con claridad y distinción. El yo queda definido como sustancia pensante (res cogitans): su esencia es la conciencia, no el cuerpo.
Desde el yo se reconstruye lo demás. Entre mis ideas hay una que no puedo haber fabricado: la de un ser infinito y perfecto. Siendo yo finito, su causa solo puede ser Dios. Y Dios, por ser perfecto, no engaña: su veracidad garantiza el mundo exterior y el buen uso de la razón. El error nace de la voluntad, que juzga más allá de lo que el entendimiento ve claro.
El sistema queda en tres sustancias: Dios, sustancia infinita; el alma, sustancia pensante; y los cuerpos, sustancia extensa, regida por leyes mecánicas. En el hombre se unen las dos sustancias finitas: es el dualismo cartesiano, con su gran problema —la comunicación entre alma y cuerpo—, que Descartes intentó resolver, sin éxito, con la glándula pineal.
El problema planteado en el texto descansa sobre una concepción de la razón. Para Descartes, la razón es una facultad única, igual en todos los hombres y en todas las épocas: una razón pura, intemporal, que con el método adecuado alcanza verdades absolutas. Es la fe del racionalismo moderno. Frente a ella, en el siglo XX se desarrollan las filosofías de la vida. Su tesis es que esa razón pura no existe: la razón nace de la vida, funciona dentro de una vida y sirve a una vida. Pensamos siempre desde una situación, una época y una biografía. No hay conocimiento sin punto de vista, y la pretensión de un saber válido para todos los tiempos es una ficción. En España, esta corriente culmina en el raciovitalismo de Ortega y Gasset.
Ortega confronta directamente la razón cartesiana. Descartes exige un sujeto que sea «un medio transparente, sin peculiaridad o color alguno, ayer igual a hoy y mañana»: solo así la evidencia vale siempre e igual para todos. Ortega responde que ese sujeto es imposible: «vida es peculiaridad, cambio, desarrollo; en una palabra: historia». El racionalismo, «para salvar la verdad, renuncia a la vida», y su sujeto puro resulta un «espectro irreal» que conoce pero no vive.
La incapacidad se comprueba en la historia. Si la razón es una e idéntica, ¿por qué la humanidad ha vivido «milenariamente» en el error y el desacuerdo? Descartes solo puede responder moralizando: erramos porque la voluntad desborda al entendimiento, «ésta es la causa de que me equivoque y peque». La historia queda en «un lugar de castigo»: el racionalismo es antihistórico.
Frente a la razón pura, Ortega propone otra concepción: la razón vital. La razón no es un tribunal fuera del tiempo, sino un instrumento que la vida se da para orientarse. El sujeto no es transparente ni deformador: es un cedazo que selecciona, y cada vida, cada pueblo y cada época captan su porción real de verdad. «La sola perspectiva falsa es ésa que pretende ser la única»: justo la que el método cartesiano exige. Donde Descartes buscaba la certeza desde ningún lugar, Ortega busca la verdad articulando todos los puntos de vista. La razón pura «tiene que ser sustituida por una razón vital», localizada, histórica y móvil.
Cuestiones
- Identifique y explique de manera argumentada las ideas y el problema filosófico fundamentales del texto elegido.
- Relacione las ideas del texto con la filosofía del autor o la autora correspondiente.
- Compare cómo se ha abordado en una corriente filosófica de otra época el problema planteado en el texto y confróntelo con el pensamiento de un autor o una autora de esa época.